Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Siempre tuve claro que mis hijos serían educados en igualdad, que les enseñaría valores feministas y que aprenderían de manera práctica que ellos deciden su futuro.
Cuando supe que mi primera hija era niña, tuve claro que no le pondría pendientes, que no abusaría del rosa y que no permitiría que la llamaran princesa. Pero pronto descubrí que no era tan fácil y me regalaron muchísima ropa rosita. Por supuesto, preciosa y, por supuesto, se la puse. Los regalos eran con la mejor intención y siempre hay que ser agradecida.
Al quedarme embarazada de nuevo, sabía que reutilizaría toda la ropa que había guardado. Me dijeron que era niño y no vi ningún problema. Siendo un bebé, iba con los bodis y pijamas de su hermana y todo el mundo le veía muy bonito. Nadie cuestionaba el rosa y yo entendí que el mundo por fin había avanzado.
Pero, según iban pasando los meses, empezaron los comentarios. Primero, suaves: «pensé que era una niña» y después, más agresivos «¿cómo puedes llevar al niño vestido así?». Incluso gente que dice entenderme ya me ha preguntado que hasta qué edad le vestiré de niña. Por no hablar de los comentarios con maldad insinuando que le voy a «convertir» en gay.
No toda la ropa que lleva es de su hermana; también nos han dejado cosas para él y he tenido que comprarle algunos conjuntos. Y para mí, todo es ropa de niños; no creo que debamos distinguir niño o niña. Si hasta los pañales, que es lo único que podría ser diferente por género, son iguales para niño o niña, ¿qué diferencia tiene que tener la ropa?
El otro día en la escuela, cuando fui a recogerle, cogió él su abrigo de la percha y venía hacia mí tan feliz. Pues una madre empezó a decir que se había equivocado de abrigo. Y yo, mientras respiraba hondo, le dije que no educadamente. Ella seguía insistiendo en que cómo ese abrigo iba a ser suyo, que se había equivocado, que me ayudaba a buscar el suyo. Y yo le di las gracias, le dije que era muy amable, pero que estaba segura de que ese abrigo era el nuestro. Pues no se quedó contenta y, cuando llegó mi pequeño, le dijo: «¿no te has dado cuenta que llevas un abrigo de niña?». Quise matar a la señora.
No me meto en que la gente vista a sus hijos como quieran. Si tienen hijas y quieren que se pasen el día incómodas con vestidos, subiéndose peor a los columpios, preocupándose de si se les ven las bragas, pues que lo hagan; no entro. Ni siquiera digo nada cuando veo a niñas que me parecen más sexualizadas de lo que deberían. A mí no me gustan, pero no soy quién para meterme. Tampoco digo nada cuando me sueltan el discurso de que hay ropa de «machote» que a las niñas no les pega, y resulta que están hablando de cohetes, coches y dinosaurios. Porque claro, eso no lo puede llevar una chica. Me parece una gran tontería, pero si alguien no le quiere poner a su hija una camiseta de coche, pues no voy a ir yo a obligarle. Me da igual. Bueno, o no. Porque creo que lo que parecen «tonterías» como esta pueden ayudar a la igualdad real. Pero al final entiendo que no soy quién en cómo viste cada uno a sus hijos.
Entonces, ¿por qué la gente me cuestiona a mí?
