Hace cuatro años atravesé una situación muy difícil. Se juntaron tres acontecimientos críticos para mí que acabaron desencadenando una depresión. Primero, me despidieron del trabajo en el que llevaba 14 años. Tenía 41 años y estaba muy preocupada por no encontrar otro empleo. Tres meses después, mi pareja, con la que convivía desde hacía cuatro años y medio, me dejó. Esto fue especialmente doloroso porque él había estado en paro casi dos años. Aprovechó ese tiempo para estudiar a fondo unas oposiciones y finalmente consiguió aprobarlas. Durante todo ese periodo estuvimos viviendo de mi sueldo y de la prestación que él recibía, que no era muy alta. Él se dedicó exclusivamente a estudiar: unas ocho horas diarias de lunes a sábado y, durante los últimos cuatro meses, llegó a estudiar unas doce horas al día. Estoy convencida de que, sin mi apoyo, no lo habría conseguido.
Cuando me quedé en paro, evidentemente no podía permitirme pagar yo sola un alquiler, y mucho menos en mi ciudad. Así que tuve que volver a casa de mis padres con 41 años. Imaginad cómo me sentía.Por todo ello acabé con una depresión diagnosticada. Tenía una amiga a la que consideraba casi como una hermana. Al principio me apoyó mucho y era prácticamente mi única vía de escape. Incluso llegó a invitarme a la casa de sus padres en la playa, algo que agradecí muchísimo. Que conste que yo siempre estuve a su lado cuando ella tuvo dificultades en su vida. Incluso le presté dinero, le ayudé con una mudanza, estuvo en mi casa 2 semanas rompió con su novio….
La verdad es que yo estaba bastante triste. No hablaba mucho y reconozco que probablemente no era la mejor compañía. Me costó mucho que la medicación empezara a hacer efecto. Pero quiero dejar claro algo: en ningún momento la traté mal. No era una persona desagradable ni borde. Siempre fui respetuosa. Simplemente estaba triste, lloraba y estaba pasando por una etapa muy complicada.
Paralelamente, ella conoció en su trabajo a una nueva compañera. Empezamos a salir las tres juntas. Ellas a veces hacían planes a solas, pero no me importaba. Muchas veces eran planes de salir de fiesta o ir a discotecas, y la verdad es que eso nunca me ha gustado demasiado. Sin embargo, poco a poco empecé a notar que esta mujer, a la que llamaré Sandra, influía negativamente en mi amiga. Mi amiga empezó a tratarme peor, incluso con malas contestaciones y desaires, a pesar de que sabía perfectamente por lo que yo estaba pasando. Me hizo varios feos que me dolieron, pero el que más daño me hizo ocurrió de la siguiente manera.
Me encanta la comida tailandesa. Abrieron un restaurante nuevo en mi ciudad y les propuse ir a comer un sábado. Aceptaron y fui yo quien hizo la reserva. El día anterior ellas habían salido de fiesta hasta tarde y al día siguiente se iban a la playa. A mí no me invitaron. Me dolió, aunque intenté no darle demasiada importancia porque tampoco quería obligarlas a incluirme en sus planes. Pero ese plan de estar en la playa me apetecia mucho.
Cuando llegó el día de la comida, noté que les daba bastante pereza ir, pero tampoco cancelaron. Aquí reconozco mi parte: debería haber tenido más amor propio y haber cancelado yo misma. Sin embargo, llevaba mucho tiempo encerrada en casa, estaba pasando por una depresión y realmente me apetecía salir, distraerme un poco y disfrutar de ese restaurante que me hacía ilusión. Llegué antes que ellas al restaurante. Fui al baño, estaban ellas saliendo y las escuché hablar mientras se lavaban las manos.
Oí algo así como
—Joder, es que no la aguanto —le decía Sandra mi amiga.
Y mi amiga respondió:
Bah, tranquila. Comemos, estamos un rato, hacemos el pariphé y nos piramos. Así ya nos quitamos el marrón de encima para todo el verano
Y Sara contestó:
Es que no puedo con ella, no puedo. Y salieron
Me quedé helada. Completamente bloqueada. No sabía ni cómo reaccionar. Me quedé sentada en la taza del vater como 5 minutos. Salí del baño y ellas ya estaban sentadas en la mesa. Hice como si no hubiera escuchado nada. Comimos y estuvimos juntas como si nada hubiera pasado. Dos días después le escribí a mi amiga y le conté todo lo que había oído. Lo hice con mucha educación y de forma asertiva. No la ataqué; simplemente le expliqué cómo me había sentido y lo mucho que me había dolido escuchar aquello, y otros comportamientos del pasado
Tardó ocho horas en responderme. Cuando lo hizo, en lugar de disculparse, se mostró molesta conmigo. Me dijo que era una actitud infantil no haber dicho las cosas en ese momento, que tenía que madurar y que aquella conversación estaba sacada de contexto.Reconoció que sí había dicho esas palabras y que estaba mal, pero añadió que llevaba seis meses «aguantando». Eso fue algo que nunca llegué a entender. No sé qué era exactamente lo que había estado aguantando, porque yo nunca la traté mal. Estaba deprimida, triste y pasando por una situación muy dura, pero nunca fui cruel con ella ni le falté al respeto.
Yo creo que, como estaba con Sandra en la playa, hablaron del tema y decidieron escribirme. Más tarde, sobre la una de la madrugada, mi amiga volvió a mandarme otro mensaje. Me dijo que sí, que estaba mal lo del comentario, pero que yo estaba muy bien en mi papel de víctima. Esa frase me pareció especialmente cruel. No podía entender que, después de contarle cómo me había sentido y después de todo lo que había pasado, esa fuera su respuesta.
Hay que recordar el contexto: habían pasado solo unos meses desde que me habían despedido del trabajo después de 14 años, desde que mi pareja me había dejado y desde que había tenido que volver a vivir con mis padres con 42 años. Estaba atravesando una depresión diagnosticada y todavía estaba intentando recuperarme. Estuvieron en la playa unas dos semanas y durante todo ese tiempo no volvió a escribirme, a pesar de que era mi cumpleaños.
Este detalle me dolió mucho. De hecho, llegué a hablar de ello con mi psicóloga, porque para mí no era simplemente que se hubiera olvidado de felicitarme, sino que ocurría en un momento en el que yo me sentía especialmente vulnerable y necesitaba sentir algo de apoyo por parte de alguien a quien consideraba una persona muy importante en mi vida.
Yo ni siquiera sabía exactamente cuándo volvían de la playa, pero pasados unos dias un tiempo decidí escribirle. Intenté dejar a un lado lo ocurrido con el cumpleaños y hablar desde la calma. Le dije, con todo el respeto, que prefería no quedar más con Sandra. Y ahí llegó lo que para mí fue la gota que colmó el vaso. Me respondió que ese comentario era propio de una adolescente de 15 años y no de una mujer adulta. También me dijo que, si Sandra no venía, ella se moriría de aburrimiento conmigo. Esto me dio la impresion de que iba a hacerme daño. Dejé de escribirle y ella tampoco volvió a hacerlo.
Durante todo este tiempo ni siquiera coincidimos por mi ciudad. Ha sido como si nunca hubiera existido. Pasaron 3 años. Hace dos semanas, después de todo este tiempo, me escribió un WhatsApp larguísimo. Me dijo que llevaba mucho tiempo pensando en mí, que no sabía cómo empezar, pero que quería decirme que lamentaba mucho su comportamiento. Me explicó que no entendía qué le había pasado, que no sabía cómo había podido dejarse influir tanto por una persona que, con el tiempo, resultó ser tóxica. De hecho, me contó que esa misma persona acabó perjudicándola en el trabajo, aunque no me explicó exactamente qué ocurrió. También me dijo que entendía que yo quizá ya no quisiera hablar del tema, pero que le encantaría verme, aunque solo fuera para tomar un café de vez en cuando, con solo eso ella feliz
La verdad es que ese mensaje me removió muchas cosas. Por una parte, llevaba años esperando quizá algún tipo de reconocimiento de lo ocurrido, porque para mí fue muy doloroso. Pero, por otra, también me hizo preguntarme si realmente quiero volver a tener una amistad después de sentirme tan sola y tan poco comprendida en los peores momentos de mi vida.