Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Nos hemos mudado a una urbanización con piscina y yo pensaba que esto iba a ser maravilloso por el niño.
Planazo en teoría. Sales de casa con la toalla, bajas al patio, se baña, hace amigos, se cansa, subes, ducha, cena y a dormir. El sueño de cualquier madre en verano vamos.
Pues estoy agobiadísima.
Porque claro para que mi hijo baje a la piscina tengo que bajar yo. Y para bajar yo tengo que ponerme en bañador. Delante de todos los vecinos.
Y no puedo me da una vergüenza que me muero.
Antes si iba a la piscina municipal pues mira. Te ve gente que no conoces y ya está. Pero aquí no. Aquí está la vecina que te cruzas en el ascensor, el señor del garaje, la madre monísima que baja con su cesta de rafia y su niño rubio, la del quinto que ya me ha preguntado tres veces que cuándo bajamos a la pisci.
Y sé que nadie va a estar pendiente de mí. Ya lo sé. No necesito que nadie me diga eso porque racionalmente lo sé. Pero mi cabeza va por otro lado. Mi cabeza me dice que todo el mundo va a mirar mi tripa, mis piernas, mi culo, mis brazos, todo. Y me da asco hasta escribirlo porque no quiero pensar así. Mucho menos delante de mi hijo.
Mi marido ayer me dijo que bajara con un vestido encima y ya está que tampoco era para tanto. Y luego soltó una frase que me dejó reventada: “el problema no es la piscina, es que tú estás enseñando al niño que hay cuerpos que tienen que esconderse”.
Porque mi hijo solo quiere bañarse no está pensando en si su madre está gorda, flaca, hinchada o hecha un cuadro.
Me siento mala madre porque no quiero que mi hijo pierda verano por mis complejos pero de verdad que ahora mismo solo imaginarme quitándome el vestido delante de todas esas vecinas me dan ganas de llorar.