No sé si esto que me pasa es para reír o llorar, porque lo cierto es que a lo largo de todo el tiempo que ha pasado desde que conocí a este chico he tenido momentos para ambas cosas.
Antes de comenzar a relataros los hechos, os cuento un poco cómo soy yo, para poneros en situación. No soy ninguna niña. Ya tengo 45 maravillosos años, un hijo y una vida perfectamente estructurada. Por tanto, este chico no es «mi primer amor». Siempre he sido una mujer con unas convicciones y unos principios bastante fuertes. Soy una feminista empedernida que cree en la igualdad de ambos géneros. Me considero una persona muy de izquierdas, que intenta siempre ayudar a la gente más desfavorecida, a los animales (incluso soy voluntaria de una protectora), etc. Soy bastante independiente en general. He tenido pocas relaciones importantes, porque no me «ato» a un hombre si no lo veo relativamente claro.
Dicho todo esto, os cuento que hace un par de años conocí a través de una app a un chico. Hablar con él era un placer. Me confesó que estaba sumido en una depresión y que, como consecuencia de esto, había perdido su trabajo. Incluso había tenido que dejar su casa y se había marchado a vivir con sus padres porque el vivir solo era algo insoportable para él en este momento. Me inspiró mucha ternura y, de alguna manera, sacó esa parte de mí que intenta ayudar siempre a quien lo necesita. Y así, me convertí en su terapeuta. Y no lo digo por decir, ya que nos pasábamos horas y horas hablando todas las noches. Había días que yo llegaba a mi trabajo habiendo dormido solo 3 o 4 horas. Pero no quería romper esa rutina de hablar todos los días porque pensaba que él necesitaba esa compañía para salir del pozo y a mí, por otra parte, me encantaba escucharlo. Llegó el momento de conocernos en persona después de tres meses hablando a diario y…
¡Guauuu!!! Espectacular. Mucho más guapo que en fotos y una conexión brutal. Me miraba y me daban escalofríos. Y el sexo con él, sin entrar en detalles… ¡De película!. Él, a su vez, me hablaba de que estaba súper enganchado conmigo, que sentía que habíamos conectado en cuerpo y alma, que no se veía en el futuro con otra mujer que no fuera yo. Nos veíamos absolutamente todos los fines de semana, a pesar de que vivimos en provincias diferentes. En fin, todo de diez.
Y os preguntaréis, ¿dónde está el problema entonces? Bueno, pues, los meses fueron transcurriendo y de pronto comencé a notar dos cosas. Una, que ya no hablábamos por teléfono tanto como antes porque me decía que no podía por esto o por lo otro (lo cual era hasta mejor para mí, ya que yo estaba agotada de no dormir) y otra que había aspectos de él que estaban empezando a salir a la luz, que no me gustaban nada. Por ejemplo, me empecé a dar cuenta de que era muy machista. Me hacía comentarios como que las mujeres se sienten atraídas cuando son dominadas por el hombre, que a un hombre lo que más le gusta de una mujer es sentir que ella le sirve (es decir, le lava, le plancha, le cocina, etc). Y no eran solo palabras.
De hecho, una noche lo invité a cenar a mi casa y me confesó que el hecho de que hubiera cocinado para él, lo había puesto súper caliente y, si ya de por sí, el sexo era una maravilla con él, esa noche lo fue aún más. Además de ser muy machista, empecé a darme cuenta de que era alguien muy egoísta. Todas nuestras conversaciones se centraban en él y solo en él. Si en algún momento yo dejaba caer que tenía algún problema en el trabajo por ejemplo, lo minimizaba o me decía dos palabras sobre el tema y volvíamos a su vida. Esto, según pude observar, le pasaba también con familiares y amigos que, podían necesitar de su ayuda en algún momento, pero él prefería no hacer nada por simple comodidad. Políticamente, resultó ser una persona de ultraderecha (algo muy irónico teniendo en cuenta que él es de otra raza). Esto evidentemente lo vi con el tiempo, ya que él se calificaba a sí mismo como «apolítico», aunque casualmente todos sus argumentos coincidían con los de cierto partido político. Sabiendo que yo adoro a los animales y que mi perra para mí era mi vida, me enteré bastante tiempo después de que él también tiene dos perros en un campo a los que ve de higos a brevas y por los que no tiene ninguna clase de afecto. Esto, para una persona tan animalista como yo, es algo incomprensible.
Además, descubrí que estaba forrado porque tenía un trabajo en negro del que nunca me había hablado (para mí esto es importante precisamente porque creo que a través de nuestros impuestos se ayuda al bienestar de todos con hospitales, colegios, etc). La cuestión es que cuando fui viendo todas estas cosas ya estaba demasiado pillada. Y no me preguntéis por qué, pues ni yo misma lo sé. Lo que sí sé es que todos los días pensaba en cómo dejarlo y lloré mucho sin que nadie me viera. Por otra parte, él cada vez estaba más distante. Decidí coger el toro por los cuernos y le pregunté qué le pasaba. Me confesó que gracias a la luz que yo había traído a su vida en momentos tan oscuros, por fin estaba saliendo a flote y se había dado cuenta de que necesitaba estar solo un tiempo para sanar por completo. Como os podéis imaginar, no lo entendí, me parecía absurdo decir que no quieres estar con alguien que te ha ayudado tanto porque gracias a su ayuda ahora estás mejor.
Pero no me quedó más remedio que aceptarlo y casi me sentí aliviada. La cuestión es que, una vez más, demostró lo egoísta que es y me seguía llamando y escribiendo cada dos por tres porque, según él, le encantaba conversar conmigo y mis consejos le resultaban muy útiles. Yo, tonta de mí, le daba una oportunidad más siempre. Y cuando nos veíamos… pues, es que no me podía resistir a él.
Por fin, el verano pasado, después de una discusión, le dije que no contara conmigo para nada más, que no quería volver a verlo ni a hablar nunca más con él. Me escribió un par de veces más, pero al no obtener respuesta por mi parte, desistió de seguir intentándolo. En todo este año, no he parado de pensar en él. Y no lo entiendo, es que hasta me cae mal. Pero hace unos días, fui yo la que no aguantó más y le escribí. ¿Y qué os voy a decir? Pues que se ve que él también estaría deseándolo porque en cuanto recibió mi mensaje, me llamó. Pero la conversación fue muy breve y fría porque yo ya no soy la persona de hace un año. Me di cuenta de que mis sentimientos han cambiado, que me resulta insoportable, que todo lo que me decía me parecía una estupidez… Y aun así, acepté quedar con él. ¿Por qué? Pues porque al darme cuenta de que ya no sentía por él lo de antaño y que tenía tanto rencor acumulado por haberme sentido utilizada, quería quedar con él, matarlo a deseo, que no pasara absolutamente nada entre nosotros y encima decirle en esa cena lo imbécil que me parece.
Pues bien, esa cena fue ayer. Me pasé toda la noche diciéndole salvajadas, pero en plan serio (no coqueteando). Le dije cosas como que era un llorón, que se pasaba la vida quejándose por todo y no movía un dedo para solucionar nada; que él era una víctima de sí mismo y que nadie tiene la culpa de que él sea tan insoportable; que algún día se va a ver viejo y solo porque trata a las mujeres como objetos; que me había enamorado de él porque pensaba que era una persona sensible y con buen corazón, pero que he podido comprobar que es un mierda, que no hace nada por nadie y que solo piensa en él mismo… No sé, lo ataqué de todas las formas habidas y por haber (y todo lo que le decía era verdad). Y al final, acabamos en la cama con fuegos artificiales.
Hoy me ha escrito nada más marcharse de casa para decirme que le había encantado estar conmigo otra vez y bla, bla, bla… y me mete en medio una conversación sobre Gaza, dando a entender que soy una pobre tonta que se cree todo lo que cuentan en los medios, pero que en realidad lo que está pasando en Palestina no es tan grave como cuentan, porque, por supuesto, él que sí es un iluminado, lo sabe todo. Ha sido la gota que ha colmado el vaso y lo he mandado a freír espárragos. Tengo claro que ya no tengo sentimientos de amor hacia él. No sé si lo que nos une es simplemente ya una atracción física tremenda o qué es. No puedo entenderlo. Me paso el día pensando en él. Me muero de ganas de verlo. Y a la vez, lo escucho hablar y pienso cómo es posible que sea tan mala persona. Perdonad todo el rollo. Necesito consejo, ¿qué me pasa?, ¿por qué no soy capaz de tomar una decisión en firme y dejarlo definitivamente?, ¿y qué le pasa a él conmigo?. Mucha gente dirá que solo quiere sexo, etc. Pero ya os digo que no me he caído de un guindo y aquí hay un tipo de conexión diferente.
Es más, creo que quizás la que solo quiere sexo ahora soy yo. ¿Se puede sentir uno tan unido a alguien que es lo opuesto de todo lo que te gusta?
