Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
POR QUÉ TARDÉ TANTO EN DAR PERMISO A MI PAREJA PARA QUE RECONOCIESE A LA NIÑA, Y NO ES POR LO QUE CREÉIS. AÚN ME LO ECHA EN CARA DE VEZ EN CUANDO
Bueno, pues estaba de cuarenta y una semanas y mi hija parecía que no estaba interesada en salir a conocer mundo. Así que la ginecóloga me dijo que, si no me ponía de parto, cuando estuviese de cuarenta y una semana y cinco días, ingresaría para que me lo provocasen. Porque no podrían dejar que pasase de las cuarenta y dos semanas.
Y nada, que tuve que ingresar, porque mi niña no tenía intención de abandonar su Airbnb materno.
A las ocho de la mañana de un jueves, después de ponerme las correas, me inyectaron la primera dosis de oxitocina. Y nada, el jueves pasó sin mucha novedad. Sí es verdad que por la noche tuve alguna que otra contracción, pero no eran regulares, para desesperación de todos. Así que no había indicio alguno de parto. Lo más emocionante de ese día fue que por la noche se celebraba el festival de Eurovisión. Y que a España nos representaba Rodolfo Chiquilicuatre. Sí, ya hace un tiempito.
Al día siguiente, como seguíamos igual, decidieron atacar con la caballería pasada: la prostaglandina. Eso es lo peor que yo he sentido en la vida. Que te provoquen las contracciones químicamente, sin descanso, es algo que no deseo a mujer alguna. No soportaba que me hablasen ni que me mirasen tan siquiera. Mi pareja estaba sentada en un rincón, leyendo, acojonado, porque yo daba golpes de cabeza en la almohada como si fuese la niña del exorcista. Era un dolor incontrolable, al que sabía que no se debía poner remedio. Y saber eso, que no sabías cuándo iba a acabar, era desesperanzador. Sí, era consciente que era por un bien mayor, pero os juro que me costó mucho aguantar.
Pero cuando eran poco más de las doce del mediodía, vieron en el monitor que mi niña entraba en bradicardia. Y allí ya decidieron meterme en el quirófano para practicarme una cesárea de urgencia. Cuando me lo dijeron, yo no podía parar de llorar, no sabía si por alivio de que aquel sufrimiento se acabase ya o porque después de haber pasado tanto no había servido para “nada”. Pero lo vital era que mi bebé no sufriese, así que el resto no importaba.
A la una y cuarto del mediodía conocí por fin a mi niña, más bonita que el sol y la luna juntos.
No os voy a engañar. Después de ese día y medio, estaba al límite de mis fuerzas. No podía con mi vida, pero tenía que ser fuerte por ella, para poder darle el pecho.
Me salvó mi pareja, que no se separó de mi lado en ningún momento y me asistió en todo lo que necesité. Incluso me duchó porque yo no tenía fuerzas ni para fregarme.
Me fui reponiendo poco a poco, pero a los cinco días ya me daban el alta. Aún estaba con las fuerzas justitas. ¿Y qué es lo primero que había que hacer? Pues inscribir a la niña en el registro civil. Y teníamos que ir los dos porque no estamos casados. “Sólo” somos pareja de hecho y tenemos una hipoteca en común a cuarenta años, pero se ve que eso no es suficiente.
Dejamos un momento a la bebé con la abuela y fuimos al Juzgado de Paz, que está en un edificio histórico de mi pueblo. Histórico y antiguo. En ese momento, sin ascensor. Y había que subir a la segunda planta. Agarrada a la barandilla con una mano y con la otra sujetándome la barriga para que no me tirasen las grapas de la cesárea, fui subiendo como pude. Aquella escalera se me presentaba como si tuviese que coronar el puñetero Everest.
Exhalando mi último suspiro, conseguí llegar a la cima y me derrumbé en la primera silla que encontré.
Al cabo de unos minutos, el juez de paz nos hizo pasar. Mi pareja me ayudó a levantarme de la silla, me dio el brazo hasta el despacho y me ayudó a sentarme.
Que venimos a registrar a la niña y como no estamos casados, pues venimos los dos. Ah, muy bien. Un momento, que imprimo todos los documentos que me tenéis que firmar.
Perfecto. Este es para que reconozcas a la niña, si es que quieres reconocerla. Mi pareja casi se ofende. Sí, claro, claro que quiero reconocerla. Es mi hija. Faltaría más. Un momento, un momento. No tan de prisa. Y me mira a mí mientras me planta un formulario delante. Primero, como la madre que eres, tienes que darle tu permiso para que la reconozca.
Yo estaba reventada de cansancio físico y emocional y no entendía lo que me estaba diciendo. ¿Eh?
Sabemos seguro que la niña es tuya, por el parte del hospital, pero ahora mismo no sabemos quién es el padre. Así que tienes que dar tu permiso para que la reconozca. Sin tu permiso, no puede.
Yo estaba flipando. Casi como los mangas japoneses, me parecía que me estaba cayendo la gotita de sudor por la frente, mientras le miraba con los ojos y la boca abiertos. La cara de tonta que debía estar poniendo debía ser de campeonato ¿De verdad me está diciendo lo que me está diciendo? ¿Le estaré entendiendo mal? A ver, si venimos los dos es que estamos de acuerdo, ¿no?
A todo esto, yo seguía sin responder. ¿Cariño? Me dejas, ¿no?
Eeehhh, sí, ¿no? Claro. Sí, claro que sí, para eso hemos venido. El juez me miró un poco raro pero me empujó un poquito más hacia mí el formulario. Pues entonces tienes que rellenar esto.
Y después seguimos con el resto del papeleo y salimos de allí con la niña inscrita y el libro de familia.
Cuando conseguí bajar y ya montados en el coche, mi pareja, antes de arrancar, me miró y me preguntó, un poco dolido, que por qué había tardado tanto en darle mi permiso. Que si tenía dudas. No copón, las dudas me las ha provocado él. Me ha parecido tan absurdo en ese momento que me preguntase eso, que creía que no le estaba entendiendo bien. Y con el cansancio que llevo, más el ascenso a la puñetera segunda planta, pues estaba segura de que no le entendía. ¿Segura? Cariño, no fastidies, hemos inscrito a la niña, ¿no? Pues ya está. Bueno, pero no quiero que te sientas presionada. No, amor, no me siento presionada,me siento exhausta. Anda, porfis, llévame a casa.
Como nos va la guasa a ambos, diecisiete años después, de vez en cuando, aún me echa en cara que dudase en ese momento. Y yo siempre le contesto que por algo sería. Pero que ya no me acuerdo.
