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Tomar una decisión en el trabajo es difícil, pero se lleva mucho mejor si se hace con buena intención. O eso pensé yo cuando mi supervisor me indicó que hacía falta gente en mi departamento y que, como yo conocía a muchos compañeros, necesitaba que le recomendase a alguien que pudiese cuadrar en nuestro perfil.
No fue una decisión difícil, teniendo en cuenta que nuestro trabajo tiene un alto componente administrativo y la mayoría de mis compañeros solo tienen perfil comercial, había poco donde elegir. Sin embargo, conocía a una chica que llevaba un par de meses en primera línea de ventas. Había coincidido con ella años atrás en otra empresa y habíamos trabajado juntas en un departamento de análisis de datos. Se le daba bastante bien. Era ágil, despierta y con conocimientos de ofimática, así que supe que era la indicada para el puesto.
La verdad es que no lo pensé demasiado antes de dar su nombre. Sinceramente, creí que era una buena oportunidad para ella. Teniendo en cuenta que la venta en mi sector es muy dura y que la estabilidad laboral en ese tipo de puestos es muy complicada, pensé sinceramente que se alegraría de tener la oportunidad de pasar al departamento de administración. Pero por lo visto me equivoqué.
Cuando la llamaron al despacho del gerente y pasó por mi lado, no parecía demasiado contenta. Me saludó de refilón. Iba muy seria. En ese momento supuse que quizás creía que la iban a echar, porque como ya os comenté, su puesto de trabajo dependía directamente de las ventas y yo sabía de buena fuente que llevaba un par de semanas malas. Lo más lógico es que la llamada al despacho del jefe la hubiese asustado.
Sin embargo, cuando volvió a pasar por la oficina, no parecía sentirse mucho mejor. En esta ocasión se detuvo frente a mi mesa y me preguntó si yo había hablado con el jefe sobre ella. Le dije la verdad, que me habían preguntado por alguien con habilidades para el departamento en el que me encontraba y que había dicho su nombre. En ese momento, pareció enfadarse. Se puso roja y se fue sin despedirse.
Me quedé de piedra. No conseguía entender qué tenía de malo hablar bien de una compañera.

A la mañana siguiente se incorporó al departamento, pero no me dirigía la palabra. Le pregunté si tenía algún problema conmigo y me dijo que sí, pero se le notaba que estaba molesta. Cuando me marché, otra compañera me contó que ella no quería trabajar en administración, que le gustaba el sector de las ventas porque ganaba mucho más en comisiones. En ese momento me sentí fatal. Yo no quise perjudicarla ni mucho menos y supuse que habría tenido la opción de declinar el ofrecimiento al cambio de puesto. En mi empresa no se obliga a nadie a nada si no está conforme y, sin embargo, ella actuaba como si yo tuviese la culpa de que la hubiesen cambiado de departamento.
Podrá parecer una tontería, pero aquello me afectó. Ella seguía sin mirarme a la cara y yo no sabía si tenía que pedirle perdón por haberla recomendado.
Unos días después, coincidí con nuestro jefe en la cafetería y me preguntó por ella. Le comenté que se estaba adaptando bien pero que no hablábamos mucho. Le puse la excusa de que estaba muy concentrada por aprender los pormenores del puesto, pero se ve que mi jefe se percató de que algo no iba bien. En ese momento me confesó que la chica no rendía en ventas. Había empezado fuerte, pero con el tiempo y la presión, se había ido desinflando. De hecho, estaban a punto de prescindir de ella por los datos y se había alegrado mucho cuando le dije que ella daba el perfil para el puesto de administración.
Curiosamente, esa información no hizo que me sintiese mejor. Aquella chica me odiaba porque pensaba que, por mi culpa, estaba ganando menos y decirle que la iban a echar no iba a solucionarlo. Seguramente pensaría que lo decía para justificar lo que había hecho y no me creería.
Así que preferí callármelo. Mi nueva compañera sigue haciéndome el vacío. Aunque se ha adaptado perfectamente al trabajo y se lleva genial con el resto de los administrativos, a mí no me da ni los buenos días.
Quizás debí haberme callado cuando me preguntaron por alguien para ese puesto. En ningún momento pensé que dar mi opinión podría perjudicar a la muchacha y mucho menos que ella lo iba a tomar así. Así que he decidido que la próxima vez que me pregunten por algo similar me haré la loca y me daré un punto en la boca. Que la intención puede ser buena, pero se ve que no es lo que cuenta. Nunca se sabe cómo va a afectar a la vida de la gente y mucho menos cómo repercutirá en la propia.