Mi marido y yo tenemos dos hijos. Trabajamos los dos, tenemos una hipoteca y demasiados gastos. Llegamos justos a fin de mes; cuando podemos, intentamos ahorrar para imprevistos y vacaciones. No me quejo, no vivimos mal; simplemente no vamos sobrados.
A mis suegros, hace muchos años, les tocó la lotería y compraron varios pisos para alquilar. Además, siguieron trabajando y les fue bastante bien. Hace unos años mi suegra se quedó viuda. Ahora está jubilada y sigue teniendo los pisos alquilados. No tiene gustos muy caros, solo un viaje grande al año. Estoy convencida de que todos los meses ahorra un dineral.
A mi marido le encanta que se venga a nuestros planes: desde el zoo hasta comer fuera, pasando incluso por algunas minivacaciones. Así puede pasar tiempo de calidad con sus nietos. A mí siempre me ha parecido que era una buena idea.
Pero me he empezado a dar cuenta de que nunca paga nada. Siempre espera que paguemos nosotros todo. No es que yo espere que me invite a nada, pero igual debería pagar su parte. Y no es que luego compense con regalos caros a los niños ni nada, les hace los típicos regalos en Navidades y cumpleaños, y ni siquiera se gasta demasiado.
Es cierto que no me había llamado la atención hasta ahora; pagábamos nosotros sin más. El problema es que me estoy dando cuenta de que ni da las gracias. Como que da por supuesto que es nuestra obligación pagar.
Y, sinceramente, me toca las narices. Para mí le estamos haciendo un favor dejando que venga con nosotros; para mí sería más fácil y más cómodo que no viniera a muchos planes. Se lo damos todo fácil, vamos a buscarla en coche, nos encargamos de todo. No da las gracias y a veces hasta pone pegas, que si tal restaurante no le gusta, que si el alojamiento es un poco básico, que si hubiera sido mejor el parque de atracciones que el zoo.
Siempre he sonreído porque no quiero entrar en conflicto con ella y porque entiendo que no merece la pena. Pero ya no puedo más. No puede ser que yo me tenga que quitar caprichos todos los meses para pagar su parte de los planes.
Hace unos días fuimos a comer a un restaurante con buenos comentarios y una zona infantil chula. Volvimos a pagar y volvió a no dar las gracias. Por la tarde nos fuimos a tomar un helado y ya no pude más y, con una sonrisa, se lo dije, que ya que habíamos pagado nosotros la comida, que por qué no pagaba ella los helados. Me miró con cara de indignación y me dijo que ella solo era una y se iba a tomar solo un café y nosotros éramos cuatro con copas de helado, que no era justo.
«Justo»… Cuando oí esa palabra, se me vino toda la sangre a la cabeza. En serio era capaz de decirme eso. Quise dar mil respuestas pero pasé; no merecía la pena.
Por la noche lo hablé con mi marido y volvió a su discurso de siempre, que es mayor, que tenemos que entenderla, que no tiene maldad. Le propuse avisarla para menos planes y me contestó que no le podemos hacer eso, que nuestros planes le dan la vida.
Así que yo estoy practicando a morderme la lengua.
