Me he pensado mucho escribir este post. No porque tenga algo malo, que no lo tiene, sino porque esto de confesarte y abrirte al mundo es un poco dejarte «con el culo al aire», pero si mi experiencia ayuda a otras personas, creo que merece la pena.
Desde que me divorcié hace dos años estoy yendo a clases de baile. Para mí, el baile es especial: me ayudó a superar una separación y no sólo eso, sino que me aportó amigos, seguridad y sobretodo, ganas de hacer cosas nuevas y emprender proyectos que de otra forma, no me habría atrevido. A lo que voy: estando ayer en clases de baile, coincidí con una pareja de novios y un chico que llevan poco tiempo bailando. El chico, llamémosle Señor Patata, tuvo la suerte o la desgracia de que le tocó conmigo en la clase como pareja de baile. Llevábamos una hora y media de ensayo, y aparte de cosas técnicas, me había dado algunos datos, como su nombre, de dónde era y poco más. Lo que siempre se suele preguntar cuando conoces a alguien.
La historia es que al lado nuestra estaba la parejita que vino con él, ensayando, y en una de las veces, la chica, le insinuó algo de que ya que estaba, podía intentar algo conmigo, que parecía muy maja. Yo no sé si fue conscientemente o no, pero aquí el Señor Patata, hasta entonces muy simpático y amable y educado, soltó algo así como: «¿Pero tú estás ciega o qué?». Bueno, ella ciega no sé si está, pero yo sorda, lo que se dice sorda, no estoy.
Reconozco que en ese momento, el primer microsegundo, fue horrible: yo, una tía que pasa los treinta, con un divorcio a sus espaldas y másdura que una placa de hielo en Alaska, me vi empequeñecida y avergonzada por una simple frase. Me sentí avergonzada, como si estuviera desnuda frente a cincuenta personas y todas te estuvieran mirando.
Luego, tras ese microsegundo, vino la indignación, tanto conmigo misma como por su actitud porque:
1. Nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a juzgarte por tu físico, forma de vestir, hablar o comportarte. Y si lo hacen, que lo harán, porqie esta sociedad si tiene es borregos, debemos de ser conscientes de que todos somos más que una simple cara, camiseta, o actitud. Tenemos alma, caveza y corazón. Tebemos principios y miedos y deseos, y si alguien te juzga sin conocer ese lado de ti, bueno, créeme cuando te digo que te está haciendo un favor al mostrarae tal cual es: un gilipollas menos en tu vida.
2. El cómo nos afectan los comentarios de los demás depende sólo de nosotros mismos. Y con esto no estoy justificando la forma en la que se comportó el Señor Patata, pero no puedo obligar a nadie a que me considere guapa, y oye, ¡no pasa nada! Debemos ser capaces de controlar esa pequeña parte del ser humano que desea sentirse aceptado en la sociedad, pero es que cada persona es diferente.
3. Que sea amable contigo no significa que quiera ligar contigo. Señor Patata dio por hecho que yo no tenía pareja, cuando la tengo, de hecho (un chico inteligente, que me hace reír y me deja ser como soy y que, como puntos extras, aunque no importante, está buenísimo y es guapísimo) pero como la mayoría de las veces cuando te comportas amable, cuando eres abierta, habladora y te gusta la gente, se creen que estás intentando ligar. Bueno, bienvenidos al nuevo siglo: las amistades entre hombres y mujeres sin sexo de por medio, no son leyenda urbana. Existen, se dan, y tú eres muy joven o muy egocéntrico si crees que todas las chicas que quieren charlar contigo van buscando otra cosa. Y a la inversa, lo digo también: que hay mujeres que por ser muy guapas, se creen que todos quieren ligar con ellas. Bajémonos un rato de la nube y veamos el mundo como es, y no como nos da la gana.
A estas alturas, ¿os estáis preguntando cómo acabó la historia? No tiene nada de especial, pero ahí va: hice el comentario del principio, son más «tu amiga puede que esté ciega, pero yo sorda no». El chico no dijo nada, pero su cara colorada habló por él.
Yo sólo sonreí y seguí bailando.