Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Llevo diez años trabajando como maestra, y he visto de todo. Niños con falta de higiene, con falta de hábitos, con falta de educación, incluso con falta de vestimenta adecuada para la temperatura que haga.
Mi postura ha sido siempre intentar ayudar a las familias sin ser entrometida en exceso: si un alumno me viene oliendo fatal, o llorando porque se le rompen las uñas de lo largas que las tiene, hablo con el PTSC para que cite a la familia y les dé pautas de higiene. Si no tiene ropa adecuada, informo de becas, o colaboraciones con ciertas organizaciones, o, incluso, he llegado a comprar ropa a alguno y dársela (diciendo que era de mi hermano y se le había quedado pequeña, para no herir susceptibilidades). Si tiene unos comportamientos que no son aceptables en un aula, me ayudo del equipo de orientación para intentar reconducirlos antes de que al alumno le afecte negativamente en sus relaciones sociales.
Bueno, pues la cosa está cambiando.
He sido mamá.
Me cuesta horrores no juzgar, y me siento un mal bicho.
Quiero decir, si tus hijos acaban de salir de la escuela infantil y tienen caca, ¿por qué no pides por favor usar el baño en vez de hacerles cagar en la acera, cogerlo con una toallita y tirarlo al patio donde juegan tus propios hijos con la mía? Cada vez me cuesta más no meterme en crianzas ajenas, sobre todo porque estoy inmersa en la propia. ¿Os ha pasado igual?