Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Quería contar la historia que me pasó por querer ser altruista, y por si alguien más se puede identificar con mi historia.
Soy una amante de los animales desde pequeña. Tengo la suerte de que mis padres criaban una raza de perro en concreto y mi infancia también fué entre exposiciones de belleza, haciendo km por España, incluso en el extranjero. Siempre con perros a mi alrededor.
Aunque es una afición muy bonita, también es muy criticada por aquellos que se dedican a rescatar animales de la calle y también crecí sintiéndome señalada en algunas ocasiones porque me codeaba con gente los fines de semana que “traficaban” con animales. Yo aunque era joven, me costaba creer que personas que dedican parte de su vida a esto fueran malas, pues invertían casi todo su dinero en sus animales y los cuidaban como hijos.
Llegó la hora de independizarme de casa con mi novio y mis padres entonces, aunque seguían en el mundillo, ya se habían retirado. Estaban cansados de viajar. Yo me llevé los dos perros más jóvenes que le quedaban, y ellos se quedaron los 3 ancianos. Los años pasaron y la maternidad tocó a mi puerta, y siendo mis hijos pequeños, mi último perro falleció de viejo. Lo pasé fatal. Aquello fue antes de la pandemia y durante todo el año siguiente me di cuenta que había un vacío en mi corazón. Y ese vacío solo se podía llenar con un peludo. Mi marido estaba reacio a ello por las muchas responsabilidades que suponen y más con niños pequeños así que era una idea que iba postergando. Me planteé entonces adoptar un gato. Nunca había tenido uno y me encantan esos felinos inteligentes. Y en medio de esos pensamientos una amiga se compró un british. Me enseñó las fotos de ese cachorro del demonio que era precioso y le dije que me lo estaba planteando pero que mejor que no, que quizás adoptaría . Ella me contestó: pues le queda uno. Tuvo una camada de 7 y allí esta el que nadie ha querido, por si quieres hacer la obra del día. Acababa de morir mi abuela y me había dejado un dinero, no mucho, pero lo vi como una señal. Ese gato estaba destinado a ser mío. Y así llegó Tom a nuestras vidas, un british precioso y malo como el demonio. Me destrozó las cortinas y el sofá, nos mordía los pies por las noches, pero yo lo amaba con todas mis fuerzas.
También me criticaron por comprar un gato. Como podía hacer semejante aberración habiendo gatos en la calle, yo me justificaba una y otra vez. Y me sentía mal por ello.
Entonces pensé en adoptar un gato que le pudiera hacer compañía a Tom mientras nosotros trabajábamos y pasaba largas horas en casa. Quizás así dejaba de tirar las figuras al suelo para ver cómo se rompían.
Me puse en contacto con varias protectoras, y fui a una con mis hijos. Me dieron una gatita bebé, y me dijeron que si no me la llevaba de la protectora se moriría. La tuve dos días y empezó a tirar sangre por sitios donde no debía salir, así que la llevé y me dijeron que se quedaba ingresada. Murió a los dos días. Con el disgusto que se llevaron mis hijos después. Pensé que había tenido mala suerte y seguí buscando. Di con otra que eran un grupo de mujeres que rescataban gatos y les daban un hogar.
Me dijeron que que lo ideal era coger un gato de 1 año como el mío, que se llevarían mejor. Que en ese momento no tenían cachorros pero que eso era lo que quería todo el mundo y claro, los adultos se quedaban sin opciones y sin hogar. A mí ese mensaje me llegó una vez más y decidi adoptar a uno. Así llegó Pol. Hicimos el protocolo habitual y cuando finalmente se juntaron todo parecia marchar sobre ruedas. Dormían juntos y jugaban. Todo genial. Pero al poco empezaron a luchar por recursos. Tom empezó a mearse en la cama y en nuestra ropa, así que duplique los recursos. Pero entonces empezaron a pelear por el único recurso que no podía duplicar: yo.
Tom dejó de jugar, se arrancaba el pelo de las patas y dejó de jugar y de ser feliz. Pol se pasaba el día pegado a mí, y si Tom se acercaba lo atacaba. En medio de todo eso se lo comenté a la mujer que me lo dió, ella me prometió que si no se adaptaba hablaríamos, pero me dijo que antes de sacar un gato de su hogar tenía que intentarlo todo. Me gasté un dineral en psicólogos felinos, en analíticas de orina y de sangre, y la solución que me dieron fue darle un antidepresivo a Tom, para que dejara de mearse y arrancarse el pelo. También dividir mi casa con una red para que no se junten, teniendo yo dos niños de 5 y 8 años. Sinceramente no me pareció justo ni viable, y ante la desesperación de llegar a casa a las 20 de la noche con niños pequeños y encontrarme todo meado y un gato depresivo me lleve a Pol a la casa de campo. 3 años había aguantado pero la convivencia era insostenible, yo también estaba cada vez más deprimida y agotada, porque al llegar a casa todo era cambio de sábanas , toallas en el sofá, gritos, y mal ambiente que estaban perjudicando a mis hijos. Pol se adaptó a la casa de campo… Íbamos una vez a la semana a ponerle comida, y en medio de todo eso Tom volvió a ser feliz. Jugaba con nosotros, volvía a ser cariñoso, el gato que había perdido hacía 3 años había vuelto.
Ahora, 2 años después, me encuentro que tenemos que dejar la casa de campo antes de septiembre (es de alquiler)y no sé qué hacer con Pol. Todos aquellos que me dijeron que tenía que ser buena persona y adoptar, me han dado la espalda. Veo como gente en mi situación o parecida escribe en foros, y los ponen a caldo con frases como “fue un capricho y ahora lo deshechas”. Y no, es que a veces la vida no se puede sostener. Cuando tu salud y la felicidad de tu familia está en juego. Yo, sinceramente, tras una gata enferma y muerta, y un gato que me dieron como sociable y no lo es, dudo que pueda volver a confiar en una protectora o similar. Me duele porque me gustaría que fuera diferente, pero ahora mismo me veo en una situación que no sé cómo salir sin ser una persona horrible, justo lo que no quería ser. No sé qué hacer con Pol. Es buen gato, pero tiene 7 años y no puede convivir con otros gatos. Ojalá me podáis ayudar con algún consejo.
