Allá por la pandemia mi ahora marido y yo nos dedicábamos a pasarnos el fin de semana bajo las sábanas. Eran tiempos tristes y grises,no convivíamos y nunca se sabía si la siguiente semana nos podríamos ver. Así que atesorábamos aquel tiempo de copas de vino y contarnos la vida, a yacer en la cama, a acariciarnos, a ser felices.
A mí, después de hacerlo, me gustaba apoyar mi cabeza en su pecho y le decía que ojalá pudiera tener un trocito de él siempre conmigo. Un pedacito de él que viviera en el cajón de mi ropa interior para poder llevarle a cualquier lugar.
Llegó mi cumpleaños y él me regaló un paquete extraño lleno de sobres de polvos. Era… Un kit para hacer moldes de pene.
En mi vida me había reído tanto, él se puso muy colorado y me dijo que igual no era ese el pedacito que quería pero que así podía vivir en mi cajón. Al principio puede sonar muy machuno, pero la verdad, a mí me pareció un regalo muy personal.

Hacer los moldes fue toda una experiencia, y en un par de horas no tenía un pene sino dos pequeños trozos de él que podía guardar… Uno de ellos con vibración incluida.
Desde ese día los penes me acompañaron a cada viaje que tuve que hacer por trabajo, e incluso me permití un pequeño juego: cuando visitaba monumentos representativos (y no era irrespetuoso y nadie miraba) fotografiaba el monumento con uno de los penes.
Ahora que ya somos una familia, mis penes siguen viviendo en mi cajón, y cada vez que los miro, recuerdo aquellas horas de la pandemia en que un abrazo era un lujo, unos tiempos tristes a los que sobreviví con mi salud mental intacta gracias a él y a un vínculo reforzado por dos pequeñas réplicas de su persona. Y si alguien me pregunta cuál es el mejor regalo que me han hecho, no tengo ninguna duda. Que quiera responder a la pregunta es otra cuestión.