—Bájate al almacén y súbete la piedra de estampar las pizzas.
Sí, a mí se me quedó la misma cara. Pero llevaba trabajando un día, tenía 17 años (ni contrato ni boquerones en vinagre, uno de esos trabajillos que uno coge en verano durante cuatro horas por las tardes porque tus padres dicen que curte el carácter y porque así no te pasas el día entero en la “asociación cultural” jugando a Dragones y Mazmorras hasta que os echan de allí), y era tirando a pampirolona, de modo que no se me ocurrió protestar.
El trabajo me lo había buscado el hijo del dueño de la pizzería, que era compañero mío del instituto y la asociación. Se trataba de un local modesto que repartía en un área pequeña, algo de lo que se encargaba el hijo mayor, y que hacía su agosto sobre todo las noches de verano y findes porque era el único que permitía coger porciones de pizza en lugar de la pizza entera, una rareza por entonces. Abrían hasta muy tarde y cuando volvías del botellón a las dos de la mañana con más hambre que el dios Talento, pues te salvaba la vida meterte entre pecho y espalda un poco de pizza recién hecha. Cuando bajé y pregunté a mi amigo por la piedra de estampar las pizzas, justo es decir que ni movió un músculo de la cara, el tío. Con completa indiferencia, señaló una piedra circular (más tarde me enteré de que formaría parte de la decoración) y me dijo que era esa.
—Pero… ¿en serio se necesita una piedra para estampar pizzas?
—¡Claro! —me dijo, como si fuese la cosa más normal del mundo—. Así sabes dónde van las aceitunas, el pepperoni, las anchoas… Salen todas las pizzas igualitas y se ahorran ingredientes. Venga, no te me encantes.
Miré el pedrusco. El pedrusco me devolvió la mirada y ambos nos debimos hacer la misma pregunta: “¿cómo vamos a subir las escaleras?”. Porque moverla, bueno, la hice rodar, pero por la escalera iba a tener que subirla a pulso. A empujones logré arrastrarla los primeros peldaños y después traté de echármela al hombro, operación que se dice muy fácil, pero puedo asegurar que no lo fue. Después de salvar la escalera, rasparme las manos y llegar al mostrador colorada como un tomate, el dueño me mira con cara de agotamiento y suelta:
—Buenoooo, ya te has equivocado, ¡si era la otra! ¿No ves que esta es la pequeña? ¡Necesito la de las extragrandes!
Ahí la cosa ya empezó a olerme a cachondeo, pero como el dueño era un señor con bigotones, voz de trueno y que me sacaba tres cabezas, pensé que lo mismo no era prudente hacerle repetir las cosas, así que bajé volando de nuevo al almacén. Cuando pregunté por la extragrande y me señalaron una señora rueda de molino, lo único que me salió fue decir “¡pero si esto no va a pasar por la puerta!”. Y allí fueron las carcajadas de padre de hijo. Llorando de la risa bajó el dueño y me besó la frente.
—Tú irás al Cielo de cabeza, cariño, ¡esta noche, cenas gratis! —y aunque yo ya no me lo creía, cumplió. Aquella noche me plantó delante una pizza familiar para mí solita, y como yo entonces tragaba como una lima -y además estaba de pecado mortal, eso también-, cuando me la acabé me dio otra para llevársela a mi familia. Visto así, oye, no lamenté nada la novatada.
Delice.