Vuelta… ¿A la rutina?

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    Themis on #1023935

    Los lunes no son días épicos. Ni grandes aventuras ni dramas inolvidables, solo el eco de un fin de semana que se ha ido demasiado rápido y el inicio de otra semana que parece no tener fin. Pero este lunes tenía algo distinto. Quizá era la sensación que me quedó después del domingo, o la simple idea de que, de vez en cuando, la rutina puede sorprenderte.

    Como cada mañana, llegué al bar a las ocho menos cinco, saludé a Juan con un “buenos días” que él ignoró y encontré a Ana ya colocándose su delantal mientras revisaba el móvil.

    —¿Qué pasa, reina? —me dijo, sin apartar la vista de la pantalla.

    —Nada, lo de siempre. Café, tostadas y el mundo sin descubrir.

    Ana sonrió, pero no insistió. Sabía que los lunes no eran mi mejor momento. Pero algo en mí estaba diferente. Había dormido bien, había despertado con una energía que no sentía desde hacía tiempo, y, aunque no quería admitirlo, el recuerdo de Lucas seguía revoloteando en mi cabeza como una mariposa insistente.

    El bar empezó a llenarse temprano. Los lunes tienen esa capacidad de traer a todo tipo de gente: los oficinistas que necesitan un chute de cafeína para enfrentar sus reuniones, las señoras mayores que aprovechan para desayunar juntas y comentar el capítulo de la novela, y algún que otro cliente perdido que entra porque no encuentra otro sitio abierto. Entre ellos, claro, estaba Lola, puntual como siempre.

    —¡Corina, hija! —gritó desde la puerta, como si me hubiera visto por última vez hace semanas. —¿Qué tal el finde?

    —Tranquilo, Lola. ¿Lo de siempre?

    —Sí, pero ponme menos azúcar en el café, que estoy intentando cuidarme.

    Le sonreí, aunque sabía que el comentario sobre el azúcar era pura fachada. Siempre terminaba pidiendo una napolitana de chocolate para llevar, “por si acaso me entra hambre más tarde”. Lola era así, un torbellino de contradicciones que, de alguna manera, lograba hacerme reír incluso en los días más grises.

    Mientras le llevaba su pedido, el bar seguía llenándose. A las nueve y media, como si tuviera un cronómetro interno, entró **Lucas**. Hoy llevaba una camisa clara, una chaqueta de lana azul y el pelo ligeramente revuelto, como si hubiera salido de casa con prisa. Se sentó en su mesa de siempre y levantó la vista, buscándome.

    Me acerqué con la libreta, aunque ya no la necesitaba.

    —Buenos días, Lucas. ¿Lo de siempre?

    —Hoy no. Ponme un café con leche y una tostada con mermelada.

    Levanté una ceja. Dos días seguidos pidiendo algo diferente. Algo estaba cambiando en él, aunque no sabía exactamente qué.

    —Voy a empezar a pensar que tienes una lista de desayunos secretos que vas revelando poco a poco.

    Lucas rió, y su sonrisa fue como un pequeño destello que iluminó su cara.

    —Digamos que estoy explorando opciones.

    Fui a preparar su pedido, pero no podía quitarme de la cabeza esa frase. *Explorando opciones*. ¿Qué significaba? ¿Era una metáfora de algo más? Sacudí la cabeza, intentando no pensar demasiado, y llevé la bandeja a su mesa.

    —Aquí tienes. Café con leche y tostada con mermelada, edición especial del lunes.

    —Gracias, Corina. Por cierto, ¿puedes sentarte un minuto? Me gustaría hablar contigo.

    Le miré, sorprendida. No era algo habitual. Lucas no era de los que pedían conversaciones espontáneas, y mucho menos en un bar lleno de gente. Dudé un segundo, pero su tono era amable, casi personal.

    —Claro, dame un segundo.

    Avisé a Ana de que estaría ocupada un momento y me senté frente a él, intentando no parecer demasiado curiosa.

    —¿Qué pasa? —pregunté, apoyando las manos sobre la mesa.

    Lucas pareció dudar un instante, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.

    —Quería agradecerte por ayer. De verdad. No suelo hacer esas cosas, y me hizo mucho bien pasar el día contigo.

    Me quedé en silencio, sorprendida. No era algo que esperara oír, pero sus palabras me llegaron de una manera que no podía explicar.

    —Gracias a ti. La verdad, me lo pasé muy bien. Fue un domingo… diferente.

    Lucas asintió, como si entendiera exactamente lo que quería decir. Luego, tras un breve silencio, continuó.

    —Hay algo que quería proponerte. Este viernes hay una presentación de un libro que me interesa mucho. Es algo pequeño, tranquilo. Me preguntaba si te apetecería venir conmigo.

    La invitación me tomó por sorpresa, pero no tardé mucho en responder. Había algo en la manera en que Lucas lo decía, como si realmente quisiera compartir eso conmigo, que me hizo sentir especial.

    —Me apunto. Pero aviso que soy de las que hacen preguntas incómodas en las presentaciones.

    Él rió, y el ambiente ligero volvió a llenarnos.

    —Perfecto. Entonces cuenta con ello. Luego te paso los detalles.

    El resto de la conversación fluyó con naturalidad. Hablamos de libros, de Madrid, de cómo ambos habíamos terminado viviendo aquí por razones completamente diferentes. Descubrí que Lucas tenía un sentido del humor afilado y una capacidad para escuchar que no había notado antes. Era como si, por primera vez, estuviera viendo una faceta de él que normalmente mantenía oculta.

    Cuando terminó su desayuno, se despidió con una sonrisa, dejándome anotados los detalles del evento. Yo volví al trabajo con una mezcla de emociones que no terminaba de entender. ¿Qué significaba todo esto? ¿Era solo amistad, o había algo más detrás de sus palabras, de sus gestos? No tenía respuestas, pero tampoco quería apresurarme a encontrarlas.

    El turno pasó volando, y cuando llegó la hora de salir, Ana me lanzó una mirada curiosa.

    —Estás rara hoy. ¿Ha pasado algo?

    —¿Rara cómo? —pregunté, intentando no parecer culpable.

    —No sé, como si estuvieras… contenta. Y no me digas que es por el café, que no cuela.

    Me encogí de hombros, intentando restarle importancia.

    —Es lunes, Ana. Déjame tener un buen día de vez en cuando.

    Ella arqueó una ceja, pero no insistió. Se despidió con su habitual aire despreocupado y salió del bar mientras yo terminaba de recoger mis cosas. Cuando finalmente salí, el aire fresco de la tarde me recibió como un abrazo. Caminé hacia casa con calma, disfrutando de la tranquilidad de las calles.

    Al llegar, Don Gato me recibió con su habitual bufido, pero esta vez no me molestó. Me quité los zapatos, dejé las llaves sobre la mesa y me dejé caer en el sofá con una sonrisa. Quizás, los lunes no fueran tan malos días después de todo.


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    Kalagori
    Invitado


    Kalagori on #1025533

    Don Gato no va a aprobar esa cita jajaja
    Ya sabemos de martes, domingo y lunes. Nos contarás del miércoles? Y por supuesto, del viernes 🥰

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