Han pasado 20 años desde que Gran Hermano llegó para quedarse.

Si recuerdas perfectamente aquella primera gala o sigues diciendo que la final de la primera edición fue la final más bonita, es que ya tienes tus años.

Yo era una adolescente cuando la casa más famosa de España abrió sus puertas y todo el país nos enamoramos de aquellos completos desconocidos que se habían metido en aquella casa. Aquellas personas fueron metiéndose en nuestros salones hasta que los quisimos, y queremos, como a un miembro más de nuestra familia. Y quién diga lo contrario, miente. Podrá gustarte más o menos el programa pero lo cierto es que hace 20 años, el país se paralizaba cada noche de gala.

No recordamos algunas prendas que tenemos en nuestro armario pero nadie se ha olvidado del polo verde de Iñigo, todos quisimos decolorarnos el pelo como Ismael e Iván, nos enternecimos con la relación de Vanesa y Nacho y conocimos el amor verdadero con Israel y Silvia. Se nos han olvidado la mitad de las cosas que aprendimos en primaria pero hoy, 20 años después, seguro que no soy la única que recuerda las frases más míticas de aquella edición.

Cómo olvidar aquel «¿Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?», del «Pues nos vamos los dos», o el «no lloréis que me voy a casar con ella. No lloreis». Que por cierto, no lloraba nadie más que Jorge. No recordar las camisas extravagantes de Ismael e Iván, amar y odiar a partes iguales, y sin saber por qué, a Ania y querer abrazar a Marina cada vez que salía en pantalla también es algo que seguimos llevando dentro.

Hay que confesar que todos quisimos tener en casa aquel cuadro del confesionario que hoy nos parece poco estético pero que todos reconocemos cuando lo vemos o aquella noche en la que miramos durante horas una pecera porque un intruso se había colado en la casa. Una casa que dista mucho de las de ediciones actuales. No tenía muchos lujos más allá de la piscina exterior, que tampoco era muy grande, y todos queríamos ir a vivir allí. Nos dejamos mucho dinero en llamadas y sms para salvar, para horror de nuestros padres cuando llegaba la factura.

Todos teníamos nuestro favorito o favorita pero para su elección había una norma no escrita: si un concursante era de tu ciudad o pueblo, ibas con él. A muerte. No había otra.

Mi favorito, siguiendo esa norma, era Iván y su salida, digan lo que digan, fue la más bonita y emotiva de todas las que ha habido en la historia de Gran Hermano. Piel de gallina y lágrimas en las mejillas al recordar esa banda de gaitas en esa final. De como junto con unos amigos nos colamos en la ceremonia de su boda y terminamos dándole dos besos en el altar de la iglesia ya os hablo otro día.

Mabel era la madre de España que te llena la nevera de tuppers, Koldo el malote que te intrigaba conocer, a Mónica la pusimos pingando por su pasado, sacó nuestra vena cotilla y malvada de la que mi yo del presente se arrepiente y Vanessa tenía esa mirada de mala de telenovela que engancha. A Nacho lo perseguí por la calla para pedirle un autógrafo y cuando pisé Cádiz por primera vez miraba en todas las esquinas por si me cruzaba con Ismael. Decidme que no estaba sola en esto de querer a esta gente.

En aquella casa, no ocurría nada más especial que la vida, que no es poco. Aquellas 10 personas vivían y nosotros lo veíamos, nos reconocíamos en sus rutinas diarias e incluso llegamos a imitarlas.

Allí dentro seguía la vida y aquí fuera se paraba para vivir la de ellos, los que entraron siendo conocidos por su familia y amigos y salieron convertidos en auténticas estrellas. Dicen que a algunos se les subió la fama a la cabeza pero es que creo que lo difícil hubiera sido que no hubiera ocurrido. ¿Cómo no creérselo un poquito cuando hay miles de personas agolpados por verte?

Ojalá poder ver de nuevo esta edición en alguna plataforma. Estoy segura de que habrá cosas que nos horroricen en la actualidad pero os prometo que yo me volvía a enganchar. Verdad de la buena.