Cuando decidí abrir mi propio centro de estética en Bilbao hace 3 años, post-pandemia, tenía la cabeza llena de sueños y el corazón repleto de ilusión. Lo que no tenía era un manual para navegar por el complicado mundo de ser mujer autónoma en España. Hoy quiero compartir con vosotras, mis Weloversizes, una historia de altibajos, aprendizajes y pequeñas victorias.

El salto al vacío

No diré ni mi nombre ni el nombre de mi centro, porque no he venido aquí a hacer spam de mi trabajo, pero puedo comentar que soy de Bilbao y no estoy demasiado lejos de San Mamés, para quien tenga espíritu detectivesco. Decidí emprender después de años trabajando para otros salones donde sentía que era capaz de hacerme cargo del centro (ya llegaba un momento en el que mi jefa poco más que venía de visita), y me decidí a dar este salto del que hablaba.

«Quería un espacio donde cualquier mujer, independientemente de su talla, edad o tipo de cuerpo se sintiera valorada y cuidada. Donde los tratamientos fueran sobre bienestar, no sobre cumplir imposibles estándares de belleza.»

 

La realidad de ser autónoma

Lo que nadie te cuenta cuando emprendes es que pasarás más tiempo preocupándote por facturas, proveedores y cuotas que aplicando tratamientos. La famosa cuota de autónomos fue solo el principio.

El verdadero quebradero de cabeza llegó con el equipamiento. Para ofrecer tratamientos de calidad necesitaba aparatología profesional: láser diodo para depilación, radiofrecuencia para rejuvenecimiento facial, criolipólisis para tratamientos corporales, HIFU para reafirmación… Y cada máquina costaba tanto como un coche, pero debido a la competencia general, el precio de mis tratamientos para ser competitiva daban ganancias de bicicleta.

Sobrevivir mes a mes

Las primeras clientas llegaron poco a poco. Normalmente porque ya te conocen, y ese boca a boca siempre ayuda, sobre todo al principio. Algunas buscando ese tratamiento anticelulítico que les diera confianza para el verano, otras queriendo cuidar su piel tras años de descuido, muchas simplemente buscando un espacio donde no se les juzgara por su cuerpo.

Pero mientras mi agenda se llenaba, mi cuenta bancaria parecía tener un agujero. Cada avería de una máquina, cada repuesto, cada consumible era un nuevo golpe. Hubo meses en que pensé seriamente en tirar la toalla. ¿Cómo podía ofrecer tratamientos avanzados sin arruinarme en el intento?

El descubrimiento que cambió mi negocio

Un día, después de una noche en vela calculando cómo financiar una nueva máquina de electroestimulación (imprescindible para los tratamientos que mis clientas demandaban), una amiga esteticista de Madrid me habló de algo que no había considerado una forma de trabajar, que era con renting de aparatologia estetica profesional.

La idea de poder disponer de equipos profesionales pagando solo por el tiempo que realmente los necesitaba, ya que en este sector, hay varios tratamientos que se realizan más en ciertos momentos del año, y puedes llegar a tener una máquina parada 9 meses, de la que pagas una letra cada mes, sin que te deje 1€ en caja. La verdad, sonaba demasiado buena para ser verdad, pero lo investigué y descubrí que es una práctica bastante común en el sector que yo simplemente, no había descubierto. Mi antigua jefa tenía máquinas ya un poco antiguas, que iba reparando, y quizás me faltó este plus de formación al tirarme al río. De todo se aprende.

Yo esto lo hice con la empresa LS Belleza, que no me gusta ser nada spammer, pero creo que cuando alguien te trata bien, merece al menos recomendarlos.

 

La flexibilidad que necesitaba

El cambio en mi modelo de negocio fue radical. Empecé a planificar las temporadas:

  • Primavera: refuerzo en depilación láser.
  • Verano: tratamientos corporales y anticelulíticos.
  • Otoño e invierno: más foco en rejuvenecimiento facial y tratamientos post-verano

Y lo mejor: podía probar nuevas tecnologías sin el riesgo de una inversión enorme. Si un tratamiento no funcionaba con mi clientela, simplemente no renovaba ese equipo.

Lo que he aprendido

Este camino no ha sido fácil. Ser autónoma en España sigue siendo una carrera de obstáculos. Pero he descubierto que parte del éxito está en ser flexible y buscar soluciones creativas a los problemas económicos.

Lo que más satisfacción me da es ver cómo mis clientas salen del centro sintiéndose mejor consigo mismas. No porque les haya vendido el ideal de un cuerpo «perfecto», sino porque les he ayudado a cuidarse en sus propios términos.

Un espacio para todas

En mi centro no hablamos de «eliminar imperfecciones» sino de «cuidar nuestra piel», no prometemos «cuerpos de revista» sino «tratamientos que te harán sentir bien». Es un enfoque que le debo en parte a comunidades como Weloversize, que me enseñaron que el autocuidado no tiene por qué estar reñido con la aceptación.

Si alguna vez pasáis por Bilbao, cerca de San Mamés, os invito a conocer mi pequeño rincón. Y si alguna está en mi misma situación, aunque sea duro, intenta no tirar la toalla y buscar la solución que mejor se adapte a tu centro. ¡Mucho ánimo!.