A veces la vida te sorprende y, como suelen decir, la realidad supera a la ficción. Me casé con Jorge a los 25, porque nos queríamos, pero sobre todo porque tocaba casarse. Los dos somos del mismo pueblo, llevábamos saliendo desde la adolescencia y ya tocaba. A los 28 tuvimos un hijo por la misma razón, porque tocaba, y a los dos años otro, porque había que tener “la parejita” (que en nuestro caso, fue de chicos). Nadie nos obligó, está claro, pero en nuestra cabeza no había más opciones, ni más estilos de vida, ni más tipos de relaciones, solo esto, lo tradicional, lo de nuestros padres (aunque mis padres, por ejemplo, se hubieran convertido desde hacía años en el matrimonio que está todo el santo día discutiendo).
Pero bueno, la cosa no iba mal. Sin grandes ilusiones de por medio, Jorge y yo llevábamos la familia adelante: trabajábamos para pagarnos la casa, la comida y las vacaciones, llevábamos a nuestros hijos a sus extraescolares y de vez en cuando nos íbamos a cenar solos, y luego de fiesta, y volvía un poco de aquello de cuando éramos adolescentes. Ambos estábamos conformes. O eso pensaba yo.
De la cuenta común que compartimos, donde tanto Jorge como yo tenemos domiciliada la nómina, empezó a desaparecer dinero en concepto de reintegro cajero. Nunca habíamos tenido ni una sola discusión en el ámbito económico, así que tardé en preguntarle algo, porque se me iba olvidando. Un día, desayunando, me acordé, y le dije a ver ese dinero qué era. Me dijo que en su oficina, una de las chicas había comenzado a colaborar en una ONG de mujeres migrantes y que él había preferido darle el dinero en efectivo en lugar de domiciliar ningún recibo, por los problemas que a veces surgen cuando te quieres dar de baja de una cosa de esas. Que se había imaginado que yo estaría de acuerdo con esa contribución, pero que pensaba preguntármelo de todas formas. Le dije que por supuesto que yo estaba de acuerdo con esto, y nada, me olvidé del tema, porque afortunadamente, en nuestro caso ahora mismo no tenemos que andar mirando cada euro hasta llegar a final de mes.
Y de repente, en una cena con mis amigas, una de ellas trajo a otra amiga suya, que por lo visto trabajaba en la oficina de Jorge. Una tía super maja, pero que fue maja hasta que se enteró que yo era la pareja de Jorge, y entonces puso como más distancia en la conversación que estaba teniendo conmigo. Yo, para sacarle un poco más de qué hablar, le dije “tú no serás la de la ONG, ¿no?” y me dijo que no, y que no sabía de qué le estaba hablando. Le dije que Jorge me había contado que una chica de la oficina colaboraba en una ONG y nosotros contribuíamos todos los meses. Ella al principio empezó a apurarse, y me dijo que ella no sabía nada. Me sorprendió más su reacción que otra cosa.

Se había puesto muy incómoda con el tema. Cuando ya nos íbamos todas para casa, esta chica me dijo a ver para dónde iba yo, y se vino conmigo. Por el camino me dijo que ella no quería meterse en problemas, lógicamente, pero que le parecía que era su deber contarme la verdad. Me dijo que en la oficina casi todo el mundo sabía que Jorge estaba liado con una empleada que llevaba poco tiempo currando allí. Que se llamaba Jessy, era de Cabo Verde, y eso era lo único que había allí que tuviera que ver con mujeres migrantes, porque lo de la ONG era claramente mentira, pero que, puesto que Jessy tenía problemas económicos (y una familia a la que mantener, ella también), no le sorprendería nada que Jorge estuviera dándole dinero para ayudarla. Me quedé de piedra, pero la chica en cuestión siguió con lo suyo: que Jorge le parecía un egoísta, que ella siempre pensaba “pobre de la pareja de este tío”, y que lo mandara a la mierda.
Y así es como hice caso a una desconocida. No sé por qué razón, pero me vine arriba, y en vez de hacerme pequeñita, me hice enorme. Llegué a casa y con toda la tranquilidad del mundo le dije lo que sabía y le pedí que no se esforzara en negarlo. Había algo de esta chica que me había dado la seguridad y la honestidad que necesitaba para abordar esto de la mejor manera y divorciarme sin daños colaterales.
Ha pasado un tiempo, hubo problemas pero no daré más detalles porque ya he dado bastantes. Ahora soy más feliz que nunca. Porque ya tocaba.
Anónimo
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