«Otra más con el marido infiel», pensaréis. Y sí, tengo una cornamenta que no sé ni cómo entro por las puertas, pero obviamente me enteré tarde y de la peor manera.

Cualquiera que conozca a mi marido podría esperarse que la infiel sería yo y no él; al fin y al cabo, es una persona que siempre está hablando de los valores, la prioridad de la familia…

Cómo me la coló.

Hace unos meses me pidió mi portátil porque el suyo estaba estropeado. He de decir que jamás habíamos cogido el portátil del otro porque tenemos muchísimas cosas de trabajo y sería dramático que alguien borrase información por error.

Mientras estuvo usando mi ordenador, llevó el suyo a arreglar. Ironías del destino, el mismo día que había que ir a por su ordenador se estropeó el mío, por lo que asumí que podría usar el suyo así como había usado él el mío.

Su ordenador tenía un acceso general que conocía, pero para entrar a Google necesitaba una contraseña de acceso. Se la pedí y me llamó al momento: «¿qué haces con mi ordenador?». Y le expliqué lo sucedido. «Te lo activo al llegar a casa, justo estoy recogiendo porque no me encuentro bien». No tenía por qué sospechar de él, pero sin duda esto era exageradamente sospechoso.

Cuando llegó a casa se pasó casi una hora con el ordenador y su disco duro. Después me lo trajo de nuevo con un perfil que me había creado, y así no haría falta entrar en su cuenta.

Al día siguiente él volvió al trabajo y yo usé su portátil. Con lo que no contaba era con que me fuese a salir un aviso «central» de que necesitaría una clave para poder instalar cualquier programa. Me lo dio a regañadientes.

Diréis que estuvo fatal lo que hice, y puede ser. Pero ojo de loca no se equivoca. Accedí a su cuenta, coloqué la contraseña que sabía y decidí entrar en Google con la contraseña que me acababa de dar. Bingo. No sabía muy bien por dónde buscar, así que fui directamente al historial. Todo estaba perfectamente borrado o solo usaba la ventana de incógnito.

Decidí meterme en las carpetas del escritorio. Ninguna tenía un nombre sospechoso, pero entré en todas y cada una de ellas. La mayoría de carpetas tenían subcarpetas y subsubsubcarpetas… vaya, habría más de 200.

Fue en «Proyecto Comunidad» (de cuando nos tocó ser presidentes) donde encontré la carpeta «Fotos derrama». Al principio iba a pasar, porque sabía perfectamente que serían las fotos del ascensor… pero algo me decía que entrase.

Había exactamente 13.984 fotos. Y creedme, para la derrama del ascensor habíamos necesitado menos de una docena.

No vi todas, pero sí las suficientes para ver que llevaba todos los años de relación siéndome infiel. ¿Que cómo no sospeché lo más mínimo? Porque todos eran hombres, o bueno, quizás había alguna mujer, pero todo lo que alcancé a ver eran hombres. Pude haber sospechado si se iba a jugar al pádel con Pepita, pero él siempre se iba con Pepito o Jaimito, o tenía fútbol con los chicos, o unas cañas después del partido… En esa carpeta había fotos acaramelado con la mayoría de ellos, capturas de chats de mensajes románticos, capturas de entradas a eventos, cine, alojamientos… y otra gran cantidad de imágenes de índole sexual.

¿Quién era mi marido? Y lo peor de todo: ¿cómo le digo que he visto todo esto?

Finalmente decidí que, si él llevaba tantos años ocultándome la verdad, no tenía que dar excusas de ningún tipo. Lo enfrenté al llegar a casa y le di una semana para irse y hablar con un abogado para ver cómo hacíamos con nuestra vivienda. Por suerte no teníamos hijos, porque sería algo imposible de contar y de digerir.

Él lloró, trató de explicarse, me ha llamado o escrito todos los días desde que lo descubrí, hasta ha intentado chantajearme ofreciéndome la totalidad del piso a cambio de no dejarlo. Le he dicho que dé gracias a que no le he contado a nadie los verdaderos motivos de la ruptura, pero de él no quiero ni respirar el mismo aire.