Siempre he sido una fanática del mundo de la actuación. Recuerdo que cuando era pequeña siempre jugaba a que era una gran bailarina en un gran ballet, una gran actriz de Hollywood o una cantante ante miles de personas. Mis padres que eran muy creativos, me apuntaron a toda clase de extraescolares para desarrollar mi talento: ballet, teatro y clases de actuación. Cuando me tocó escoger carrera lo tenía claro: Arte Dramático. Por suerte en mi cuidad había una escuela de reconocido prestigio y tras pasar por las pruebas para acceder, pude entrar a a la carrera de mis sueños. Allí conocí a Diego. Era guapísimo, culto y con un gran talento también. Nos enamoramos recreando alguna película mítica de amor, que de tanto verla, se te queda en la retina. Nos amábamos y compartíamos todo; sueños, aficiones, vida. Cada uno eligió una modalidad distinta de especialidad, mientras yo quería ser actriz, él quería dedicarse a ser guionista.
Estábamos ya en cuarto de carrera cuando empecé a sentirme mal un día cualquiera de octubre. Tenía nauseas, vomitaba todo lo que comía y me sentía súper cansada. Lo achacaba al alto ritmo del último curso, ya que aunque no me había bajado la regla desde hacía dos meses, siempre he sido irregular y además usábamos protección. Hasta que un día mi madre me obligó a hacerme una prueba embarazo: positiva. No me lo podía creeer, habíamos tenido cuidado, estábamos a un paso de cumplir nuestros sueños y ahora esto. Hablé con Diego y se lo dije. Se mostró frío y calculador, nunca lo había visto comportase así. Me dijo que él se iba a mudar a Miami a probar suerte como guionista y que un hijo no entraba en sus planes. Yo pensaba igual, seguir mi carrera como actriz y perseguir mis sueños. Así que llegamos a la conclusión de que debía abortar. Yo tenía mis dudas sobre si tenerlo o no a pesar de todo, pero lo hice. Fue algo muy traumático para mi, pero lo pasé en compañía de mi familia y amigos. Diego se fue a Miami y no supe más de él.
Pasaron los años, conseguí hacerme un nombre en reconocidos nombres de compañías teatrales y era feliz con mi vida. Estaba casada y mi marido ya llevaba unos años insistiéndome en que quería ser padre, ya que teníamos una edad. Acepté. Pero tras un año intentándolo con toda la ilusión del mundo, el bebé no llegaba. Fuimos a un especialista en fertilidad que me dio el golpe mortal: el aborto que tuve de joven, había creado una enfermedad incurable en mi útero en el cual no se podía implantar ningún embrión. Nunca podría quedarme embarazada. Salí de allí devastada, estuve meses llorando hasta que me recompuse y seguimos con nuestras vidas.
Ahora estamos tramitando los papeles para la adopción y aunque sé que hice lo correcto no teniendo ese hijo de joven, a veces tengo remordimientos.
