Era verano, uno de esos de 40 grados a la sombra, donde no soplaba ni una pizca de aire, ni siquiera del mar.
Estaba en casa, aburrida, oyendo el viejo ventilador de mi habitación dando vueltas moviendo el aire caliente a su alrededor.
Yo sudando la gota gorda y viendo una serie, pero me aburrió. Así que abrí mi app de citas y empecé a buscar “carne fresca” pues este calor me tenía “intensa”.
Tras unos cuantos matchs empecé a hablar con uno que parecía interesante, no excesivamente guapo pero lo suficiente para atraerme. Empezamos a hablar durante toda la tarde y ya por la noche, cuando el calor dio un respiro, quedamos para tomar algo. Yo que no estaba para tonterías, pues iba a lo que iba, le invité a mi casa (lo sé, locura total, ¿y si era un asesino?).
Al cabo de una hora se presentó en mi piso. Era guapo, estaba bien vestido y entraba por la vista, olía bien a perfume.
Le serví una copa de vino y charlamos. Mientras hablábamos noté que fue varias veces al baño, por decirme que sentía un poco de malestar, pero que ya se le estaba pasando.
Total, que pasamos al sillón a darnos el lote y de ahí a la cama.
Todo iba genial, hasta que noté un olor bastante feo, no le di importancia. Luego otro. Y otro. Hasta que al final mientras me estaba dando como a cajón que no cierra, oí un rugido de tripas digno de obra de construcción y una explosión de mierda inundó TODO. Con decir todo me refiero a mi misma, las sábanas, la cama, él mismo, etc. Por supuesto paramos en el acto y se disculpó lleno de vergüenza diciéndome que había estado con gastroenteritis y que no me lo había querido decir porque tenía ganas de conocerme. Me cagué en él, nunca mejor dicho, y lo mandé al baño a lavarse lo que pudo. Yo tiré a la basura todo y me metí a bañar. Cuando salí, ya el chico se había marchado, pero menudo regalito me dejó. Juro que estuve un mes oliendo a mierda.