Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Tengo 25 años y, si hago cuentas, he pasado 24 encerrada entre cuatro paredes: 2 años de escuela infantil, 3 años de preescolar, 6 años de primaria, 4 años de ESO, 2 años de bachillerato, 4 años de carrera, 1 año de máster y 2 años de preparación de oposiciones en academia. Parece la condena de alguien que siempre estaba preparándose para empezar a vivir. Vale, es cierto que lo fuerte empezó en 3º de la ESO y que los años anteriores “no cuentan” pero al fin y al cabo son años aprendiendo a aprender.
Ahora mismo he aprobado las oposiciones. Lo he hecho en la misma habitación donde he estudiado casi todo lo demás. La mesa ha cambiado varias veces, el ordenador también, incluso las paredes han pasado por dos capas de pintura, pero la escena es esencialmente la misma: yo delante de unos apuntes intentando convencerme de que esta etapa es temporal.
Pero ahora se acabó.
Durante años me dijeron que cada esfuerzo tenía una recompensa esperando al final. En primaria había que prepararse para el instituto. En el instituto para bachillerato. En bachillerato para la carrera. En la carrera para el máster. Después para las oposiciones. Pero como la recompensa no sea otra etapa de preparación con un nombre diferente, no se muy bien que esperar de mi futuro ahora.
Hubo días especialmente desgastantes. Me levantaba, desayunaba, estudiaba, hacía un descanso para mirar el móvil y descubría que las personas de mi edad se están casando, comprando pisos o subiendo fotos desde lugares con nombres impronunciables. Yo, mientras tanto,hacía rondas de 45 minutos intentando memorizar normativas y mi mayor descanso era ir al supermercado el sábado.
Que sí, que ya se que con 25 años no puede decir cualquiera que tiene las oposiciones aprobadas y un trabajo asegurado de por vida. Pero es que ahora que lo tengo, no quiero empezar.
Lo peor no ha sido estudiar el 90% de mi vida. Lo peor es la sensación de estar siempre en la sala de espera, como cuando vas a urgencias y calculas que te llamarán en diez minutos, pero pasan dos horas y sigues mirando la puerta cada vez que se abre. Solo que en mi caso la espera dura años.
Nunca he llegado a descansar. Jamás tuve unas vacaciones completamente libre de responsabilidades ni tampoco he podido experimentar el empleo privado. He hecho lo que se ha esperado de mi y aún así nunca fue suficiente. Pero… ¿y ahora qué? ¿Me pasaré los siguientes 40 años sentada en la misma silla hasta mi jubilación? Lo pienso y me quiero coger la baja antes de empezar.
Y sinceramente, me ha rondado la cabeza en varias ocasiones coger la plaza y pedirme la excedencia. Desconozco si puedo hacerlo, aunque sin haber cotizado un solo día de mi vida no tengo ni un mísero euro (más allá que el típico billete que da la abuela como si vendiese dr**g*) para tomarme unos meses sabáticos sin preocupaciones. Ni siquiera puedo pegarme un buen viaje a la espera de que me asignen el destino, como van a hacer otras compañeras de academia.
Lo peor es que cuando expreso esto, parece que es un sacrilegio. Como si después de tantos años de esfuerzo la única reacción posible fuese la felicidad absoluta y el cansancio acumulado de todos estos años se pudiese borrar automáticamente. Pero pista: no.
Que a ver, en parte estoy feliz, porque los estudios que elegí fue por vocación y al primer intento de exámen lo pasé y con plaza, tampoco me arrepiento del camino recorrido aunque sí de todo lo que no pude hacer por estudiar. También he de decir que con la nota que saqué en selectividad podía optar a estudiar lo que me diese la gana y cada vez que decía que haría Filología me juzgaban por no elegir Medicina o Ingeniería…
Durante todos estos años he estado estudiando como una cabrona para que llegase este día… y ahora me gustaría retroceder 5 años y salir con mis compañeros de universidad, tomarme una cerveza al salir de clase, hacer una escapada de fin de semana con el presupuesto mínimo…
Mis amigas intentan animarme con que ahora podré independizarme, tener una hipoteca, coche, viajes… pero yo fantaseo con escaparme a un punto remoto del planeta y empezar una nueva vida allí.
Quizás no necesito una excedencia ni dejarlo antes de empezar. Igual lo mejor es un psicólogo y asumir que lo que estoy es cansada, o que después de 25 años cumpliendo expectativas tengo derecho a sentir vértigo cuando el camino deja de estar marcado.
O ser realista y darme cuenta que nunca descubrí realmente quien soy y lo que quiero por mi propia cuenta.
O quizás sí necesito irme a Bali a presupuesto mínimo y ver que me depara la vida viviendo sin rumbo establecido.
