texto enviado por una seguidora a [email protected]
Cuando te dicen que no puedes comer gluten, por celiaquía o por una intolerancia alimenticia, se te viene el mundo encima. A mí lo que más me agobiaba era empaparme de qué narices llevaba gluten y poder eliminarlo sin dejar de hacer mi vida.
Pensamos que gluten lleva el trigo, pero no es sólo el trigo. El gluten está en el centeno, la cebada, la avena en la que no pone expresamente que es sin gluten… Y prácticamente en todos los alimentos procesados (caldos de brick, snacks, bollería…). Y no eres consciente de ello hasta que vas a hacer la compra y revisas la lista de los ingredientes.
Es cierto que nuestra sociedad esto es un problema que está a la orden del día y las zonas sin gluten en los supermercados son cada vez mayores y de mejor calidad. Pero son caras y, en muchas ocasiones, los ingredientes dejan bastante que desar.
Al principio, lo más duro es darte cuenta de aquello a lo que renuncias: croquetas, empanadas, empanadillas, pizza, pasta, torrijas, roscón… Sabes que está la opción sin gluten, pero es más cara y, en muchos casos, no está tan conseguida ni disponible.
El primer pan sin gluten que compré fue uno de supermercado, envasado, con ingredientes de lo peorcito e incomible. Por suerte, en mi ciudad hay un obrador sin gluten. Hay panes que son decentes y otros que son un mazacote, pero son opciones. Hacen unas palmeras de chocolate de muerte para darte un homenaje de vez en cuando. Pero el roscón… No hay color. Ninguno… Probé el de Mercadona y era pasable y, para una vez al año, es mejor que nada. Con las torrijas no lo he intentado aún.
Lo que llevo peor es salir fuera (y eso que no soy celíaca). La contaminación cruzada ya me da un poco igual, pero los celíacos lo tienen mucho más crudo… En las grandes ciudades las opciones sin gluten son muchas, pero en las pequeñas y en los pueblos no puedes irte a comer por ahí tan a la ligera. Yo ya me he acostumbrado pidiendo cosas en las que me aseguro que no hay harinas. De primero: revueltos, ensaladas, purés, caldos, cocido… De segundo: carne o pescado. De postre: café o fruta. Es verdad que hay veces en las que hay yogurt, cuajadas, flanes…
Quizás lo más complicado es el desyuno fuera en una “cafetería tradicional a la española”: tostadas con tomate y café con leche. ¡Pues no! Son pocas las cafeterías de barrio a las que ha llegado el pan sin gluten. Mi opción en estos casos es un pincho de tortilla porque, obviamente, en el Bar de Paco no hay yogur con fruta y granola. Eso sí, si tengo previsión de desayunar fuera en el Bar de Paco, de Mari o de Estanislao, llevo una pieza de fruta en el bolso (manzana, plátano, mandarina…) y un puñado de frutos secos (no muchos, que ya sabemos que tienen grasas saludables, pero grasas).
Para los caprichos de fin de semana casi siempre hay opciones sin gluten: hamburguesas, pizzas… No siempre están logradas, pero a mí, que no soy muy sibarita, me gustan. Y, además, mi gran vicio son las patatas fritas, así que con eso no suele haber problemas… Lo que nunca ha encontrado donde yo vivo es un kebab sin gluten (obviamente, si nos pedimos el plato de kebab sin la pita, todo solucionado).
Llevo ya 6 meses sin gluten y, viéndolos en retrospectiva, no han sido para tanto. Al principio es como todo: aprendes qué sí y qué no. Así, simple y llanamente, sin dramas. Hay algunas cosas que no vas a poder comer, pero las que sí puedes son muchas más.
