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Así recuperé a mi hermana
Carla es mi hermana pequeña, ella y yo nos llevamos ocho años. Siempre hemos estado muy unidas a la vez que hemos sido muy diferentes. Para mí, ella siempre ha sido una de las personas más importantes de mi vida. Para aquel entonces, se enamoró del típico malote que la engatusó de tal forma que ella solo tenía ojos para él. Empezó a dar de lado a sus amigas, a su familia, y a dejar de hablar conmigo. Un día me llamó diciéndome que él la había zarandeado y que iba a llamar a la policía. Yo enseguida me presenté en su casa. Al día siguiente, ya no contestaba ni a mis mensajes ni a mis llamadas.
Su foto desapareció de mi teléfono móvil y no entendía nada, su número ya no estaba disponible. Me escribió un correo, explicándome que había decidido irse a vivir a un pueblo de mar con su actual pareja, que lo había perdonado, que iban a empezar a ir a terapia y que querían empezar de cero. También me dijo que no quería seguir hablando conmigo porque sabía que no aceptaba su relación. Yo podía entender que tuviera dependencia emocional, pero no llegaba a comprender que se alejara de las personas que realmente la querían y no de su maltratador.
Pasé unos meses muy duros, hasta que me escribió un correo muy contenta diciéndome que estaba embarazada y que me quería hacer partícipe de ello. Debía alegrarme por ella, pero mis lágrimas caían por mis mejillas, ya que no podía entender qué tipo de hogar le esperaba a ese bebé. Fue entonces cuando entendí que debía ponerme de su lado, aceptar a su pareja, a pesar de saber que mi hermana no se merecía todo aquello.
Acepté su invitación para comer los tres e intenté ser amable con él. Desde fuera, parece que lo más sencillo y que puede funcionar delante de una relación de malos tratos es abrirle los ojos a la persona que los está sufriendo, pero la realidad es otra: solo consigues que se alejen de ti y dejen de confiarte lo que les pasa. Así pues, si tenía que fingir por ella y por mi sobrina, iba a hacerlo. Tuvieron una hija preciosa, y con el tiempo, Carla se dio cuenta de que debía poner punto y final a aquella relación que no la hacía feliz. No me arrepiento de haberle dado su espacio, de haber seguido a su lado sin machacarla por seguir con su maltratador; pude recuperar la confianza que había tenido con mi hermana, la complicidad que tanto echaba en falta, y no perderme ni un solo día de la vida de mi sobrina.
Ahora Carla es feliz, ha aprendido que el amor no duele, que se merece que la traten con respeto y admiración, y aunque la separación con su exmarido no ha sido fácil, yo solo puedo pensar que de aquel embarazo que un día me pareció el error más grande del mundo nació la que hoy es la niña de mis ojos y lo más bonito que me ha pasado.
