Buscar casa va a acabar con mi relación. Antes discutíamos como todo el mundo. Por tonterías, por cansancio, por malentendidos normales. Desde que empezamos a buscar casa para comprar, no hay día que no acabemos discutidos, gritándonos o dando algún portazo, y es que así no se puede.
Ahora mismo vivimos de alquiler en un piso pequeño, de esos que están bien para empezar. Un dormitorio, un salón justo y una cocina que parece un pasillo. Pagamos mucho para lo que es, pero es lo que hay. El alquiler se ha comido cualquier idea de ahorro serio y, aun así, llevamos años diciendo que esto es temporal, que en cuanto podamos compraremos algo nuestro.
El problema es que ese “en cuanto podamos” no llega nunca.
Cuando empezamos a mirar casas, estábamos ilusionados. Abríamos Idealista por las noches y comentábamos anuncios como si estuviéramos eligiendo destino de vacaciones. Pero la ilusión duró poco. Poquísimo. Porque la realidad es que las casas que entran en nuestro presupuesto son, siendo generosa, difíciles de asumir. Así que nos pasamos a los pisos.
El primero que visitamos estaba en un cuarto sin ascensor, con una escalera tan estrecha que subir un sofá era directamente imposible. El precio ya era alto, pero era lo que había. Dentro, humedades en las paredes y ventanas de aluminio de los años noventa. La inmobiliaria nos dijo que con una reforma quedaría precioso. Una reforma que, por supuesto, no podemos pagar.
Otro piso parecía perfecto en fotos: luminoso, dos habitaciones, balcón. Cuando llegamos, descubrimos que daba a una carretera con muchísimo tráfico. Había ruido hasta con las ventanas cerradas. El agente nos dijo que al final te acostumbras. Pero yo no quiero acostumbrarme a vivir con ruido permanente si voy a endeudarme treinta años.
También vimos uno que nos gustó de verdad. No era ideal, pero tenía algo. Hasta que preguntamos por la comunidad y nos hablaron de una derrama pendiente enorme por problemas estructurales del edificio. Nadie supo decirnos cuánto iba a costar exactamente. Solo que no sería poco. Ahí empezaron las primeras discusiones serias: si arriesgarse o no, si dejar pasar oportunidades, si estamos siendo demasiado exigentes.
Cada visita nos deja más tensos. Yo empiezo a sentir que nunca es suficiente, que siempre hay un pero. Él siente que vamos tarde, que si no compramos ya nos quedaremos fuera para siempre. Yo quiero seguridad, él tiene prisa. Y esa diferencia, que antes era manejable, ahora está siendo un problema bastante grande.
Discutimos por cosas que en realidad no van de pisos, pero los pisos lo sacan todo. El miedo a no llegar, a equivocarnos, a hipotecarnos mal. El miedo a quedarnos atrapados en el alquiler. El miedo a dar un paso demasiado grande. Todo eso se cuela en conversaciones absurdas sobre metros cuadrados o barrios que sale siempre a final de mes cuando hay que pagar el alquiler. Porque él siente que estamos tirando el dinero.
Lo más triste es que ya no miramos pisos con ilusión. Los miramos con una mezcla de resignación y enfado. Y eso se nota. Llegamos a casa después de una visita y el ambiente está cargado. Cualquier comentario suena a crítica o a ataque personal.
Sé que no somos los únicos. Que el mercado está imposible, que los sueldos no llegan, que tener casa se ha convertido en una carrera de obstáculos. Pero es que además está afectando nuestra relación. Porque no es solo una casa lo que está en juego, es la sensación de avanzar juntos, de proyecto común y ya ni hablemos de posibles hijos,
Y aquí estamos, queriendo avanzar, discutiendo más que nunca por algo que debería hacernos ilusión.
Los días más feos, tengo la sensación de que no saldremos de esta. De que acabaremos comprando un piso de mierda por la prisa de él y luego estaremos enfadados por la decisión, o que tardaremos mucho en comprar y como suban los precios me lo echará en cara siempre.
Estamos completamente bloqueados y no vemos una salida sin que nadie sufra.
