En La Taberna del Sol, los fines de semana eran territorio de Juan. Desde que contrató a un par de camareros para cubrir los sábados y domingos, Ana y yo nos quedábamos libres. Según Juan, el bar estaba más tranquilo esos días porque la clientela habitual aprovechaba para hacer otras cosas.
Eso decía él, aunque yo estaba segura de que solo quería evitar oír nuestras quejas por los horarios y porque en el fondo, por muy arisco que parezca se que se preocupa por nosotras.
A mí no me molestaba, la verdad. Tener dos días seguidos para mí era un lujo. Ana los usaba para salir, subir fotos en Instagram y vivir esa vida de revista que parecía sacada de un anuncio.
Yo, en cambio, los usaba para recargar energía. El sábado lo dediqué a poner algo de orden en casa, porque Don Gato ya empezaba a mirarme como si la suciedad fuera culpa mía. Pero el domingo tenía otros planes: salir a pasear y disfrutar de Madrid sin la presión de tener que estar atenta a bandejas y clientes.
El día estaba perfecto. Sol, cielo despejado y una temperatura ideal para pasear. Decidí ir al Retiro, como muchas otras veces. Es un sitio que nunca me cansa, y tenía ganas de perderme entre sus caminos y sentarme a leer junto al lago. Cogí un libro, me puse una chaqueta ligera y salí de casa sin prisa.
El parque estaba lleno, como siempre. Gente corriendo, niños en bicicleta, parejas paseando de la mano. Me detuve en un puesto ambulante a comprar una bolsa de castañas asadas y caminé hacia el lago, disfrutando del olor de las hojas mojadas y el sonido de los patos chapoteando en el agua. Me apoyé en la barandilla, observando las barcas que iban y venían, cuando oí una voz que no esperaba.
—¿Corina?
Me giré y ahí estaba Lucas, con una sudadera gris, zapatillas de deporte y el pelo revuelto. Parecía tan diferente de cómo lo veía en el bar que casi no le reconocí.
—¡Lucas! —dije, sorprendida —¿Qué haces aquí?
—Suelo venir los domingos a correr, pero hoy he decidido tomármelo con calma. ¿Y tú?
—Yo… escapando del polvo de casa. Necesitaba un poco de aire fresco.
Él rió, y por un momento nos quedamos en silencio, mirando el lago.
—¿Te apetece un café? —preguntó de repente.
—Si lo acompañamos con churros, no me lo pienso.
Lucas sonrió de esa manera suya que parecía iluminarle la cara y yo, contagiada por aquella energía le devolví una sonrisa real, y no la mil veces ensayada durante mi jornada laboral.
—Conozco un sitio que tiene los mejores churros de Madrid. Si confías en mí, vamos.
—Confío. Pero no pongas las expectativas tan altas, que luego me decepciono fácil.
Caminamos juntos hacia una churrería que estaba escondida en una callejuela cercana al parque. Era pequeña, con un mostrador de mármol y camareros que parecían sacados de una foto en blanco y negro. Pedimos una ración de churros y dos chocolates, y nos sentamos en una terraza al sol.
—Así que… ¿vienes mucho al Retiro? —pregunté, mojando un churro en el chocolate.
—Siempre que puedo. Es mi lugar para desconectar. Aquí no hay correos, ni reuniones, ni clientes exigentes.
—¿Clientes? ¿Qué haces exactamente?
Lucas se quedó pensativo un momento, como si decidiera cuánto quería contar.
—Trabajo en consultoría. Paso muchas horas resolviendo problemas que no son míos, y a veces siento que no hago nada que realmente importe.
—Te entiendo. Yo paso horas sirviendo cafés a gente que ni siquiera me mira a los ojos. A veces me pregunto si debería hacer algo diferente.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque no tengo ni idea de qué sería ese “algo diferente”. ¿Y tú? ¿Qué harías si no fueras consultor?
Lucas sonrió, pero esta vez había algo melancólico en su expresión.
—Me gustaría dedicarme a algo más creativo. Siempre me ha gustado escribir, pero nunca lo he tomado en serio. Supongo que no tengo el valor para intentarlo.
—¿Escribir? ¿En serio? —pregunté, sorprendida. —No te veía como el tipo de persona que escribiría.
—¿Y cómo me ves?
—No lo sé… —dije, tratando de encontrar las palabras. —Supongo que siempre te he visto como alguien que tiene todo bajo control.
Él rió, pero esta vez con un tono más serio.
—Ojalá fuera así. A veces siento que lo único que tengo bajo control es mi agenda. Pero bueno, cuéntame tú. ¿Qué te trajo a Madrid?
Le conté cómo había dejado mi pequeño pueblo para buscar algo más emocionante. Cómo había terminado trabajando en la taberna y cómo, a pesar de todo, me había acostumbrado a mi vida en la ciudad.
—¿Y lo has encontrado? —preguntó.
—¿El qué?
—Eso emocionante que viniste a buscar.
—Todavía no. Pero creo que estoy en el camino.
Nos quedamos en silencio un momento, disfrutando del sol y del chocolate caliente. La conversación fluía con una naturalidad que me sorprendía. Lucas era alguien con quien podía hablar de cualquier cosa, alguien que escuchaba de verdad, sin prisas ni distracciones.
—Gracias por esto, Corina —dijo de repente.
—¿Por qué? Si alguien tiene que dar las gracias soy yo. Me has dado un plan perfecto para el domingo.
—Lo digo en serio. Hablar contigo me hace darme cuenta de cosas que normalmente no pienso. Es fácil contigo.
No supe qué responder. Sus palabras me llegaron más de lo que esperaba, y aunque quería decir algo, sentí que cualquier cosa sería insuficiente.
Cuando terminamos, Lucas insistió en acompañarme hasta el metro. Caminamos despacio, sin prisa, como si ninguno quisiera que el día terminara. Al llegar, se quitó las gafas de sol y me miró directamente a los ojos.
—Me alegra haberte encontrado hoy. Ha sido un buen día.
—Para mí también. Gracias por los churros.
Él sonrió, y por un momento pareció querer decir algo más, pero finalmente solo se despidió con un leve gesto de cabeza. Yo me quedé en la entrada del metro, viéndole desaparecer entre la gente, con una mezcla de emociones que no terminaba de entender.
Cuando llegué a casa, Don Gato me recibió con su bufido habitual, pero esta vez no me importó. Me dejé caer en el sofá, todavía sin entender en qué momento mi día había tomado un rumbo tan diferente al planeado aquella mañana.
Y, mirando el teléfono mordí el interior de mi mejilla ¿Debería haberle pedido el teléfono? ¿Tendría que haberle dado el mío en algún momento? ¿Le estaba dando demasiadas vueltas a algo que no tenía ninguna importancia?
Sí, seguramente era eso. Y es que por mucho que Lucas afirmara que a él le gustaba escribir, era yo la que tenía una facilidad increíble para montarme los escenarios más fantasiosos en cuestión de segundos.
Por lo que levantándome del sofá, puse música y mientras esta llenaba mi pequeño apartamento decidí afrontar algo mucho más urgente y necesario.
Tenía que planchar.
