Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Escribo esta historia más bien como una petición de consejo colectiva, porque aún no tengo claro qué pensar. Mi amiga se mudó aquí hace un año y algo, desde otro país. La conocí a través de un amigo, también extranjero, que me la presentó. Compartíamos intereses y no tardamos en hacernos amigas. Todo esto ocurrió en verano, cuando solíamos quedar casi todos los días para ir a la piscina.
Al comenzar el curso, decidimos apuntarnos juntas a un curso de francés con la intención de aprender algo nuevo. A ella acababan de contratarla, así que venía a muy pocas clases, casi siempre acababa yendo sola. Pero ese no es el problema, el problema vino cuando, a medida que avanzó el curso, ella se fue distanciando de mí. Yo sabía que ella era una persona independiente, no salía muy a menudo y lo hacía todo sola, excepto algún tipo de papeleo algo más complicado con el que yo solía ayudarla. Entonces, pensé que quizá estaba siendo malpensada y no pensé mucho en ello.
Las veces que sí venía a clase de francés, volvíamos a casa juntas paseando y, cuando hablábamos, parecía que todo había vuelto a la normalidad. De repente, me hablaba con una confianza tremenda y quería hacer muchísimos planes conmigo, cuando durante la semana apenas me contestaba a ningún mensaje que le mandaba, dejándome en visto sin ningún tipo de vergüenza. Yo, como una tonta, caía en su trampa y accedía a esos planes tan maravillosos que parecían apetecerle de repente, aunque siempre pasaba lo mismo: llegaba el día de dicho plan y no me contestaba o me ponía una excusa cualquiera para salir del plan directamente.
Admito que de alguna manera me volví algo adicta a esas migajas de amistad que me daba, porque ella era una chica interesante y muy guay, me encantaba ser su amiga. Así que, cuando me proponía cosas, no sé si por inocente o por esperanzada, siempre accedía y confiaba en que esta vez sí funcionaría. Pronto descubrí el siguiente patrón: la trampa de las cenas. De vez en cuando me invitaba a cenar a su casa, ella hacía la comida, compraba vino, nos pasábamos horas hablando y todo parecía haber vuelto a la normalidad. Pero justo al terminar la noche me soltaba la preguntita: ¿puedes hacerme el favor de cuidar de mi perra mientras estoy una semana fuera?

Las dos veces que me lo pidió, ambas con esta “cena trampa”, accedí. Por pena hacia la perra que hacía ella, la verdad. Además, me lo pedía la noche antes de tener que irse, sabiendo que yo pensaría que no tenía nadie más a quien pedírselo a esas alturas, pretendiendo que me diera pena su perrita. El tiempo que estaba a cargo de su perra, me contestaba a todos los mensajes y era super amable y encantadora. Cuando volvía, quedaba con ella para devolverle las llaves de su piso y me agradecía todo con un “gracias” escaso. Es verdad que ella me había ofrecido dinero por el dogsitting, pero yo lo había rechazado, pensando que realmente no quería cobrar por hacerle un favor a una amiga. Pero no sé, me esperaba quizá la intención de que me invitara a un café o me trajera un recuerdo del sitio al que había ido. No tanto por el valor material en sí, sino por el detalle, el agradecimiento. Pero nada.
Ha vuelto a pedirme el mismo favor un par de veces más, pero sinceramente, le he puesto excusas para negarme. Le comenté que pensaba que me utilizaba un día entre bromas, con miedo de decírselo directamente, no me gustan nada los enfrentamientos así, y me contestó con otra broma, sin entender realmente que lo había dicho en serio. O no queriéndolo entender más bien.
Ella se va a ir del país en unos meses y no sé cómo sentirme respecto a su amistad. ¿Creéis que simplemente es una persona independiente o que se ha estado aprovechando de mí?