Bueno chicas, me dispongo a contaros mi historia de verano. Una historia que transcurre en el verano de 2016.
Por aquellos tiempos andaba yo inmersa en las páginas para conocer gente, concretamente Adopta un tío y Tinder. Pues un día por Adopta un tío, me llega un hechizo de un chico cualquiera. (Para las que no sepáis como va la aplicación, los hombres te lanzan un hechizo y las mujeres decidimos si aceptar el hechizo para hablar con esa persona o no…). Pues lo dicho, me llega un hechizo de un chico que a priori no me gusta y no supera mi corte de altura (una que es muy selecta y dice que menos de 1.80 nanai…). Pero lo acepté. Su foto de perfil me transmitía buen rollo y dudando de darle al sí o al no, me dije “bueno, puedo hacer un amigo”.
Tras la típica charla insustancial por la aplicación, procedemos a intercambiar números y hablar por Whatsapp. Vamos hablando y los días pasan, sin tener mayor “conexión” con esta persona. Bastante sosete el chaval, pero me tenía pinta de buena persona (algo debía de tener que guardé su número como “Majito” -¿para qué usar nombres pudiendo poner apodos?-).
Como los días pasaban, se hizo necesario quedar. Y no porque me gustase, sino por zanjar la situación: quedaría con él y le diría que me parecía muy majo, pero que no lo veía para nada más que una amistad… Aprovecho un sábado en el que tengo que participar en una actividad relacionada con el trabajo para quedar con él, y ya puestos, mato dos pájaros de un tiro.
Quedamos en vernos en un bar después de que yo finalice la actividad. Llego yo primero al bar y cuando entra él recuerdo pensar: “¡Vaya! ¡Mejor de lo esperado!”.
Las conversaciones se encadenan y me siento muy cómoda con él (ni rastro del chaval sosete del whatsapp). Trato de cortar la cita en varias ocasiones, pero “no puedo”: estoy demasiado a gusto con él. Que si tomamos algo, que si vamos a pasear, que volvemos a tomar algo, que si paro en el supermercado… (a una que le gusta aprovechar las citas para hacer recados…)
A lo largo de la cita la complicidad es evidente, le suelto la coña de que no me intente engatusar, que hasta la tercera cita no nos vamos a acostar… Pero con tanto entrar y salir del bar ya se podían contar como varias citas en una, así que me lié la manta a la cabeza y me fui con él a su piso. Un piso que estaba a 50 km del lugar en donde quedamos, pero una que es atrevida y ha venido a jugar… (y porque el chaval me transmitía confianza, está claro). No obstante, iba documentando la cita con mis amigas, por si hay que dar aviso a la policía -mitad en broma, mitad en serio-. ¡Precaución siempre chicas!
Bueno, llegamos a su piso y ya os imagináis lo que sucedió (le ponemos tres rombos). Al día siguiente estuvimos paseando y me enseñó cosas bonitas. En resumidas cuentas, que quedé con él un sábado de tarde y no llegué a mi casa hasta el domingo de noche. Al llegar a casa le quería comentar más a mis amigas, pero me doy cuenta de que no tengo mi móvil ¡lo había dejado olvidado en su coche! Por suerte, es un tío legal, y llamó al contacto que tenía guardado como “mamá” (después de intentar contactar con mis amigas y que estas se cachondeasen pensando que era yo que las estaba vacilando…). Cogí yo la llamada en el teléfono de mi madre y quedamos en que me devolvería el móvil al día siguiente, en el mismo bar.
Y así fue como quedé con un chico para mandarlo a la friendzone… y dos años después seguimos juntos.
E.