Acabo de asaltar la nevera, algo que viene siendo habitual desde hace mucho tiempo justo antes de irme a la cama: un filete de pavo que sobró de la cena bien regado con mayonesa, dos cucharadas de Nutella a lametazos, un croissant mediano industrial y un buen trozo de pan con un trocito de chorizo.
Da igual dulce que salado, da igual el orden, da igual si está bueno o malo, lo importante es engullirlo de pie en la encimera de la cocina y en muy poco tiempo, como si de robar un banco se tratase. No sé realmente cuanto habré tardado, pero posiblemente no más de un par de minutos.
Y ahora, ya en la cama, con la andorga medio llena, siempre tengo esa sensación de que mi estómago es el universo en expansión que jamás puede llenarse, lloro desconsoladamente mientras escribo estas palabras. Sí, lloro de rabia, no de culpa, llevo tanto tiempo haciendo esto que ya no siento más que impotencia por no poder pagar una terapia, siendo consciente plenamente de mi problema.
No hablo solamente del atracón, hablo de no poder hacerme fotos, de no tener apenas ropa porque ir a comprarla se ha convertido en un suplicio, de sentirme un fracaso por no ser capaz de adelgazar, de abandonarme cada día más y regodearme en ello, de fingir con los míos que estoy bien y estar echa mierda, de haber perdido casi todo el deseo sexual, de tener ansiedad por ir al médico, de querer cortar mi barriga con un cuchillo, de ir con los pantalones del uniforme incómoda hasta el suplicio porque me da vergüenza pedir otra talla, de darme asco a mí misma básicamente.

He pasado tanto tiempo ocultando mis verdaderos sentimientos que ya no sé ni cuales son. Me he dado cuenta que ni si quiera tengo la capacidad de alegrarme de verdad por los míos porque siempre pienso que si no fuera por mí gordura me iría igual de bien, y rabio de nuevo.
Soy para mí misma todo lo que odio en el resto, una gordofóbica que piensa que estar gorda es lo más horrible que te puede pasar. Me maravilla ver gente con todo tipo de cuerpos vistiéndose y haciendo lo que les sale del toto tan felices y sin embargo conmigo misma no puedo.
Escribo desde las entrañas, desde la inmensa rabia de querer y no poder salir de este estado que me precipita al vacío, de no entender el caos que nubla mi cabeza.
Supongo que mañana será otro día, me pondré mi mejor sonrisa y a seguir esperando un golpe de suerte para poder pagar una terapia en condiciones.