Han pasado 9 meses desde que le conté todo a ella, tu novia.
Es el mismo tiempo que estuvimos juntos.
“No quiero novias”, repetías una y otra vez cuando nos conocimos.
Y yo, presa fácil de un narcisista como tú, acepté ese acuerdo que no me convencía.
Pero me mirabas y yo me deshacía entre tus dedos, me ardían los labios y me quemaba el fuego que existía entre nosotros cuando éramos piel con piel.
Necesitada de amor, cariño y comprensión caí literalmente a tus pies.
Cuando me tuviste “enganchada” la conociste a ella y ahí empezó mi tortura.
Intenté dejarte muchas veces, pero no respetabas el contacto cero que te suplicaba, volvías a mí con falsas promesas y yo no podía dejarte, no quería, no era capaz, no suficientemente fuerte.
Me hiciste sentir insuficiente, pequeña y mientras más te consentía más me perdía a mi misma. Y sí, me perdí, en todos los aspectos en los que se puede perder a una persona.
Dentro de ese bucle no veía salida, necesitaba que te fueras, que te fueras para siempre y la única manera era que me odiaras.

Así qué le conté todo a ella, como era de suponer os perdonásteis mutuamente porque erais tal para cual, igual de mentirosos y neuróticos los dos.
Me ha llevado meses de terapia entender porqué me agarré a ti así, porqué creí amarte y porqué me pasé tantas veces por encima.
Me he perdonado a mi misma por lo mal que me traté y ahora me quiero mucho.
De tipos como tú está el mundo lleno, mujeres como yo encontrarás pocas.
Destapa tu bote de los recuerdos cuando la tengas a ella de rodillas en el suelo.
Volvías a mi una y otra vez porque ella no te daba lo que a ti te gustaba.
Sé que vas a volver, no sé cuándo pero sé que lo harás.
Hay una frase que me repito a mi misma:
“Si vuelve recuerda cómo te dejó cuándo se fue”.
Pues eso, felices polvos vainilla, gilipollas.