reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
El mayor dramón de mi adolescencia.
Bueno, pues para vuestras risas, aquí va el drama más dramático que tuve en esos años que todas pasamos llamados adolescencia.
Pues tenía yo 14 años y un grupito, así, muy cuqui, de amigas. De estas con las que quedas para estudiar y para dar una vuelta por el parque (porque, los adolescentes, en general, son pobres, pero felices).
Por supuesto, también había otro grupo (sano y estudioso como nosotras) compuesto por los que solían ser el objeto de nuestro deseo (y sujetos activos protagonistas en los test que hacíamos en la SúperPop). Sí, hablo de una serie de adolescentes del género masculino. Entre ellos destacaremos a dos, los llamaremos Hugo y Marcos.
Hugo era el guay. El crush de la gran mayoría (aunque, por entonces, no usábamos esa palabra). Llevaba el pelo largo (conocido vulgarmente como “lengüetazo de vaca”) que tan de moda estaba durante la primera década de los 2000, era simpático, divertido, bailaba tremendamente bien (y le gustaba que le mirasen) y era, por así decirlo, el líder y el más popular.
Marcos era su mejor amigo. Y la voz de la responsabilidad de Hugo. Empollón, lector, maduro, centrado y deportista disciplinado.
Obviamente, quien me conoce sabe que, a mí, quien me gustaba, era Marcos, porque, una, a parte de ser la que más desarrollada estaba del grupo (y la que más charlaba), también era lectora y empollona. Con lo cual, tenía muchas conversaciones sobre ciencia o historia con Marcos (que luego repasaba y repasaba soñadoramente durante horas por las noches en mi cabeza, hasta el punto de no querer dormir solo para pensar). Me tenía enamoradísima.
Bueno, pues un día, va y me pide salir un sucio cucaracho. El típico más mayor que se había pasado la infancia riéndole las gracias a un idiota que había habido por ahí molestándonos de vez en cuando. Y ahora, me venía con esas, de repente. Claro, lo mandé a la mierda. Pero, a los minutos, la noticia ya había corrido.
Y vinieron Hugo y Marcos a donde estábamos las chicas a enterarse (porque, nosotras, no nos separábamos ni para hacer pis). A ver si era verdad. Les dije que sí, pero que le había dicho que no. Nos reímos. Y, entonces, Hugo, con su desparpajo y sonrisa habitual, nos dice a mí y a la chica más tímida de mi grupo (vamos a llamarla Martina) que si podían hablar con nosotras.
Todas se rieron y Martina se quedó paralizada. Pero, yo, que sabía que Martina era tímida, pero que le encantaba que le hicieran caso (y, además, yo no pensaba desperdiciar ni un segundo de oportunidad de estar cerca de Marcos) dije que sí, que claro, que si “¿a solas?”. Ellos dijeron que sí, las chicas rieron más, todas cruzamos miraditas, yo cogí a Martina del brazo y fuimos con ellos a un rincón (a los adolescentes de todas las épocas les encantan los rincones).
Mentiría si dijera que el corazón no me latía a mil. ¿Qué querrían?
Pues, directamente, con mucho valor, desparpajo, una sonrisa preciosa y sin apenas un ápice de vergüenza, va Hugo y me dice que: “Bueno, pues antes de que se me vuelva a adelantar otro… ¿Quieres salir conmigo?”.
Martina gritó y se tapó la boca. La tensión se me acumuló en la cabeza de tal forma que tuve miedo de marearme. Esta vez era yo la paralizada. Miré a Hugo, quien me miraba expectante. Solo podía pensar en qué pasaría por la cabeza de Marcos, aunque era incapaz de dirigir los ojos hacia él.
Le puse excusas. Que hacía solo unos minutos del cucaracho, que estaba aún nerviosa, que éramos amigos, que me lo tenía que pensar… No sabía ni lo que le decía. O lo que le balbuceaba. Hugo lo entendió rápido. Dijo que no pasaba nada y pareció deshincharse y perder toda esa aura de buen rollo que siempre le rodeaba de forma muy visible.
Entonces, Marcos (la única vez en mi vida que le vi dar un paso al frente por delante de Hugo) se adelanta, se dirige a Martina y le dice (con mucha menos seguridad de la que había demostrado su amigo): “¿Y tú, Martina? ¿Quieres salir conmigo?”. Ahora sí que se me cayó el mundo.
Martina tembló. Y se apoyó contra la pared. Yo la cogí de la mano (porque, aunque deseaba que le dijera que no, era mi amiga, estaba pasando tensión y sabía que necesitaba confianza). Ella me cogió también muy fuertemente y, sonriendo, le dijo que sí. A continuación, me abrazó, hundió su cabeza en mi hombro (ella, a parte de que aún tenía cuerpo de niña, era una cabeza más bajita que yo) y se puso a reír y a llorar a la vez, diciendo que tenía mucha vergüenza.
Nunca olvidaré cómo sonrió Marcos. Mi corazoncito adolescente estalló en mil pedazos mientras la abrazaba y le besaba el pelo diciéndole que se tranquilizara y que si estaba bien.
Marcos comentó un “bueno, ya hablaremos” con la cara radiante, hizo ademán de acercarse a Martina, pero no se atrevió. Y comenzaron a alejarse.
Entonces hice algo de lo que no estoy nada orgullosa: Me lo pensé mejor, y, casi gritando dije: “¡Sí! ¡Hugo! ¡Que sí!”.
Él se giró (ambos lo hicieron, pero solo miré a Hugo). Sonrió, me guiñó un ojo, hizo el mismo gesto que cuando marcaba un gol y ambos se abrazaron (Marcos, rápidamente, se contagió de la efusividad de Hugo). Y se fueron con los otros chicos. Hugo, incluso, dio una de sus volteretas en el aire.
Y, claro, vinieron corriendo todas las chicas. Que qué había pasado, que a qué me refería con ese sí, y que qué le pasaba a Martina. Yo (por una vez), no sabía qué decir. Y ella (por una vez) habló por mí: “Que Hugo le ha pedido salir a ella y Marcos a mí”. Esa frase que resumía la realidad se me clavó en el corazón mientras todas gritaban y nos abrazaban.
No sé cuántas frases del estilo “¡Ay! ¡Qué suerte! ¡Hugo! ¡Tía! ¡Qué guay!” escuché durante los siguientes días. La emoción de todas era increíble. Todas querían saber cada detalle de lo poquísimo que Martina y yo hablábamos con Hugo y Marcos. Lo cierto es que eran un público maravilloso, suspirando constantemente y emocionándose con nosotras a cada instante.
Mientras tanto, otra de mis amigas (Carolina) me dio la enhorabuena llorando y diciendo que Hugo y yo pegábamos muchísimo, que se veía venir que teníamos que estar juntos. Comprendí que estaba enamorada de Hugo y que le estaba haciendo daño. Y me sentí un poquito más miserable.
Cuatro o cinco días más tarde, nos propusieron (Hugo vino a decírnoslo a las dos, seguido de Marcos, que no articuló palabra) ir al cine y a McDonald’s los cuatro. Dijimos que sí.
Martina y yo nos arreglamos juntas (en realidad, yo la peiné a ella y le dejé ropa). Ella estaba terriblemente emocionada, me enseñaba los amorosos dos o tres S.M.S. que se había mandado con Marcos, y no dejaba de repetir la buena pareja que hacíamos Hugo y yo. También le subí la autoestima, porque, ella, a mi lado, se veía una niña y poca cosa y no se explicaba cómo Marcos se había fijado en ella. Yo tampoco me lo explicaba, no por un tema físico, sino porque me dolía que mis conversaciones “intelectuales” con el susodicho no hubieran significado lo mismo para mí que para él. Pero, claro, lo que le dije fue que era fabulosa y que me alegraba mucho por ella. Y, lo cierto es que era verdad, que me gustaba verla feliz, y a Marcos, también.
Ella, por su parte, me dijo que ella también pensaba que Carolina estaba enamorada de Hugo, y que se la veía que lo estaba pasando mal. Pero que no era mi culpa que él me prefiriera a mí y que se le acabaría pasando. Y que ella (Martina) estaba muy feliz porque ella y yo tuviéramos nuestra primera cita juntas. Qué mal me sentía mientras le planchaba el pelo a lo máximo con raya al medio, estilo Rebelde Way.
Ahí fuimos las dos, hechas un pincel. El bus se retrasó, así que, a la peli, ni entramos. Pero, los chicos, fueron simpáticos y nos esperaron.
Ahí estaban los dos. Sentados en las escaleras de un edificio céntrico de la ciudad. Sonrieron al vernos. Hugo llevaba una rosa en la mano. Me la dio galantemente. Y me dio un beso en la mejilla. Qué mono era… Marcos me saludó cordialmente con dos besos (corazón más roto aún a mazazos), y le entregó un poema que él mismo había escrito a Martina (mazazo, mazazo, mazazo). Obviamente, hubiera deseado un poema mucho más profundamente que una flor.
Fuimos a merendar. Menos mal que Hugo y yo hablábamos, que él era una risa y yo tenía gracia, porque Marcos y Martina se limitaban a mirarse tímidamente, sonreírse y hacerse llamadas perdidas al móvil. De vez en cuando, ella me daba la mano, yo sabía que buscando apoyo en su timidez. Ay, cómo la quería, qué enamorada y decepcionada estaba con Marcos, y qué mal me sentía por no sentir lo mismo por el archiguay, megasimpático, atractivo y súperpopular Hugo.
Después de la merienda, llegó la tensión. Nos fuimos a pasear (la pobreza adolescente favorece su ejercicio físico), y Hugo (que ya había tenido una novia y un rollo y era el que más rodado estaba en besitos de los cuatro) comenzó a cogerme de la cintura, a decirme frases preciosas y a intentar acercamientos. Mi tensión estaba por las nubes y él olía increíblemente bien.
Marcos y Martina paseaban detrás de nosotros. De vez en cuando rozaban sus manos. Pero, a penas hablaban entre sí, aunque nos observaban, creo que esperando a que nos besásemos. Parecía obvio que íbamos a ser los primeros.
En un momento dado, le dije a Hugo que sí tenía ganas de besarle (mentira, mentira, mentira) pero que, ese, sería mi primer beso (verdad verdadera) y que necesitaba tiempo, y estar solos y tranquilos. Y él, sin soltarme la cintura y siendo un amor, me dijo que no me preocupara, que se esperaría a que fuera yo quien le besase cuando yo quisiera. Y que haría que mi primer beso fuera súperespecial.
Sí. Más dolor en el corazón. Me sentía la peor persona del mundo.
Al día siguiente, Martina (¿cuándo se había vuelto tan habladora?) no callaba. Contando la historia del acercamiento entre Hugo y yo con detalles que ni yo recordaba. Las demás estaban emocionadas, los chicos nos miraban de reojo y Carolina se aguantaba las lágrimas. Más tarde me dijo que “Normal que estéis juntos: Él es genial y tú también”. Me sentía la peor persona existente.
Aunque no dejaba de preguntarme por qué todo el mundo parecía tener clarísimo que estábamos destinados el uno al otro cuando mi corazón solo latía por Marcos.
Un par de días después no pude con la maldad y la culpa que sentía dentro y le dije a Hugo que lo que realmente sentía por él era amistad y que lo sentía mucho, que era un chico maravilloso y blah blah. No le sentó muy bien, aunque aguantó el tipo. Me dejó de hablar un poco, aunque, a los meses, se le pasó. Mi mente y mi conciencia pudieron descansar.
En cuanto a Marcos y Martina, duraron un mes más. Sin besarse, sin quedar, haciéndose dos o tres llamadas perdidas al día y mandándose algún que otro S.M.S. Creo que se gustaban de verdad, pero ninguno de los dos sabía cómo gestionar una relación.
Pasados los años perdimos más o menos el contacto, aunque ahora los conservo en Instagram con cariño.
Como colofón final, hace unos seis años coincidí con Carolina en un evento y acabamos cenando con un grupo de personas del lugar en cuestión. Entre risa y risa (y entre copa y copa) me armé de valor para contarle esta historia. Y decirle que sentía mucho haberle hecho daño, que, a mí, el que me gustaba en realidad era Marcos, y que sentía mucho haber salido con Hugo si le gustaba a ella.
El ataque de risa que le entró fue monumental. Y su respuesta, más aún: “¿A mí? ¿Ese? Jajajaja. ¡A mí, quién me gustaba, eras tú!”. ¡Zas! ¡Cierre y giro final a la historia! Y ahí está, el mes que viene será madre del hijo que va a tener con su mujer.
Si es que… La vida, la adolescencia, las risas y de lo que no nos enteramos aunque nos lo pongan delante…
Qué ganas tenía de escribir esto… 😊
