Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi madre murió de manera inesperada cuando yo tenía 27 años. Mi padre era un ser desconocido que nos había abandonado cuando yo no tenía ni 2 años, así que se podría decir que me quedé huérfana. Todo esto me arrastró en una espiral de tristeza de la que no podía escapar. Todo se volvió gris, y yo me hundí en lo más profundo de un pozo del que tenía que salir todos los días para ir a la oficina, y esto me costaba un esfuerzo horroroso. Me di a la comida basura y al alcohol. Comía pizza, hamburguesas, comida rápida del chino, y dulces de todo tipo, y no paraba de beber cerveza, intentando llenar el vacío tan inmenso que tenía dentro. Llegué a pesar 150 kilos y mi salud iba deteriorándose al mismo ritmo que mi autoestima y mis ganas de vivir. Mis amigos y lo que me quedaba de familia (primos y tíos, sobre todo) intentaban ayudarme, pero acabé por no cogerles el teléfono. No quería ayuda, no quería ponerme bien, quería acabar con todo y desaparecer. Quería irme con mi madre.
Y todo el día pegada a la tele o al móvil, claro. Pasaba más horas al móvil que durmiendo. Envidiaba la vida mis contactos de instagram y cada vez me sentía más desgraciada.
Un día, en tik tok, me salió una chica que hablaba sobre cómo el deporte le había cambiado la vida. También había estado en un lugar oscuro, como yo, y había logrado salir de allí. Su historia resonó totalmente dentro de mí, y noté que nacía algo de esperanza en algún rincón de mi alma, pero vamos, me creí la mitad de lo que contaba. Aún así, reuniendo fuerzas no sé ni de dónde, fui al gimnasio de mi barrio y me apunté. Conforme pagaba ya me estaba arrepintiendo, solo de ver a toda la gente fit que había allí, desde críos y crías hasta gente mayor, super musculados, super en forma, me daba muchísima vergüenza. Me fui de allí pensando que no volvería a pisar aquel lugar y que había tirado a la basura 150 euros que había pagado para un semestre. Pero al salir, como en la típica peli romántica americana, me choqué con un tío que pesaría como yo o más, que entraba al gimnasio conforme yo salía, y nada, fue lo típico de pedirse perdón, sonreír y seguir adelante, pero yo quise verlo como una señal, así que no esperé ni al día siguiente (yo ya me conocía).
Me fui a casa, cogí ropa de deporte y bolsa con lo necesario y volví allí. Conocí a Miguel, mi entrenador personal, que es un profesional del entusiasmo porque vamos, al principio me tuvo que animar hasta a salir de la cama (literalmente, me pidió mi número y me llamaba para despertarme y asegurarse de que iba). Las primeras semanas fueron durísimas, y fue gracias a Miguel y a pensar en mi madre y lo que se alegraría de que estuviera cambiando el rumbo de mi vida, que fui capaz de seguir adelante. Empecé a notar cambios enseguida: en mi cuerpo, en mi ánimo, en mi mente. Fue mágico, tenía una sensación de logro que no había sentido jamás. El deporte también me ayudó a enfrentarme a mi adicción al alcohol. Cada vez me apetecía menos beber y más volcar esa frustración en el ejercicio y en currarme comida más saludable. Perdí 70 kilos en el semestre por el que me había inscrito, la gente de mi alrededor fliparon muchísimo y me animaron a muerte.
Las metas que establecía en el gimnasio empecé a ponérmelas fuera, en otros ámbitos. Reconecté con mis amigas, me puse las pilas en el trabajo, comencé a cuidar de mi familia, y recuperé toda la confianza que había perdido. Había llegado a la maldita luz al final del túnel. Compartí mi historia en redes sociales y aquello fue muy loco, recibí muchísimo cariño de todo el mundo, y fue muy reconfortante, pero decidí dejar instagram y tik tok durante un tiempo, y usar ese tiempo para otras cosas.
El giro que dio mi vida se lo debo al deporte, aunque suene un poco prototípico. Me enseñó disciplina, perseverancia, y a amarme a mí misma. La depresión y el alcohol a veces asoman la cabeza en momentos concretos, pero ya siento que tengo herramientas para controlarlas, y estoy super orgullosa por ello. Soy una persona nueva, más fuerte y feliz.
