Estaba un día comiendo en casa de unos amigos, hacía bueno y estábamos en el jardín. Era una casa a cuatro vientos en una urbanización apartada del núcleo de un pueblecito ya de por sí pequeño. Debíamos ser cinco o seis en total, pocos, pero bien avenidos.
Un vermut, un pica-pica casero, un vinito, unos postres, y unas risas. Así pasábamos muchos días en esa época, juntándonos después de una salida en bicicleta de montaña y ese día no era diferente.
Estaríamos ya por los cafés cuando vimos que a la verja se acercó un personajillo curioso. Un hombre de mediana edad, tirando a tercera, con las mejillas muy sonrosadas vestido como de estar por casa, con calzado cómodo y empujando una andrómina muy original, algo parecido a un carro de heladero pero más cerrado y aparentemente hecho artesanalmente.
Le saludamos amistosamente y uno de nosotros se acercó a la valla, porque parecía que quería decirnos algo. El hombrecillo en cuestión sonreía y hacía por entenderse, pues por lo visto no hablaba nuestro idioma. Con señas le hicimos pasar al jardín y le ofrecimos agua de primeras y luego ya si quería un café o tomar algún dulce u otra cosa. El hombre reía y agradecía con gestos nuestra amabilidad. ¡Faltaría más!
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Imagen de IA[/caption]
En un inglés chapurreado intentó explicarnos una proeza que estaba llevando a cabo. Era algo así como un reto personal que consistía en recorrer no sé cuantos quilómetros a pie empujando el carrito donde llevaba sus enseres, algo de ropa de recambio, alimentos que iba recopilando y cosas varias, un baúl de viaje, vaya. Y a nosotros que nos pareció simpático y que tenía ganas de colegueo pues allí lo teníamos apontocado comiendo, bebiendo y explicando su gran proyecto.
Lo bueno es cuando el hombre nos da una especie de panfleto casero que tenía preparado para ir repartiendo con la gente que lo acogía o que se iba encontrando por el camino y que mostraba interés con lo que estaba llevando a cabo. El panfleto en sí era un trozo de papel tamaño cuartilla escrita a máquina de las de entonces, en el que el señor había intentado traducir, no sé de qué manera un texto explicativo, instructivo y muy pero que muy explícito.
A saber quién o de qué manera hizo de traductor en aquel texto. Ganas le puso, pero se pasó de frenada. El caso es que lo que el señor quería definir como cursa, caminata o carrera, lo tradujo directamente como “corrida”, del verbo correr, de toda la vida. El problema de usar traductores sin revisar.
En aquel texto había más burradas que en una feria de burros.
No recuerdo exactamente el redactado, pero venía a ser algo así como: voy a hacer una gran corrida… llevo mucho tiempo preparándome para la corrida… la corrida va a durar no sé cuántos días….
Madre mía lo que nos reímos. El hombrecillo al principio reía con nosotros, entendía que nos pareciera una aventura simpática o que nos habíamos bebido ya algún chupito de más, y por eso nos hacía tanta gracia. Luego ya cuando empezamos a gesticular para hacerle entender que una corrida significa otra cosa, aquello era un despiporre. Desde simular los cuernos del toro y hacer oléeeeeeeeeeeeeee, a otros gestos obscenos, sin pasarnos, pero intentando explicar por donde iba la cosa.
Acabamos riendo todos y con ganas. El señor, Peter, creo que se llamaba, no sé si acabó de entender lo que allí estaba pasando ni si captó el sentido real de la palabra.
Lo que sí sé es que en su aventura por el mundo, se llevó una tarde de risas con nosotros, que seguro ya le valió la pena.