Chicas yo siempre he sido de chocho sociable, pero hace unos años era la reina del mambo.
Lo que os vengo a contar me pasó allá por el 2014.
Era una noche de primavera y había concierto en la plaza de la catedral de mi ciudad. Como siempre pasaba por allí para ir a mis tascas de confianza, me quedé mirando. Sólo había señores y señoras, dándolo todo sentados en la silla, como me hizo mucha gracia decidí sentarme, a ver si me ponían al fary o algo.
Al mirar hacia un lado lo vi, vi a un morenazo que tenía pinta de darme como a cajón que no cierra.
Ya empecé a sopesar las contras: estaba a diez sillas a mí izquierda, rodeado de abuelos.
Mi mente maquinó a toda prisa y di con lo que en ese momento me pareció una idea genial.

ESCRIBI MI NOMBRE Y MI NUMERO EN UN PAPEL E HICE UNA ESPECIE DE TELÉFONO ROTO.
Solo recuerdo decir al abuelo de al lado: di a tu acompañante que pase el papel hasta que llegue al chico moreno.
Antes de que le llegase hice una gran bomba de humo pero toda orgullosa de mi hazaña.
A los dos días me escribió, no me lo podía creer, y además me dejó ver qué yo también le gustaba.
Así que ni corta ni perezosa le dije que esa misma noche nos veríamos.
Bueno, resulta que esa noche el salió de fiesta y bebió, bebió mucho. Pero me dijo que fuera a verlo al pub, y allá que fui.
Durante lo que estuvimos hablando el siguió bebiendo, pero para mi suerte llegó ese momento del beso.
Dos segundos, dos segundos chicas fue lo que tardó en apartar los morros y echarme encima una pota kilométrica con sabor a calimocho.
ES QUE IMAGINAOS MI CARA.
Todo el bar mirando y yo solo quería trepar al techo y esconderme en los conductos del aire acondicionado.
Jamás volví a quedar con él, para mí se quedó como «lord potas» y nunca conté esta maravillosa historia a nadie.