Ayer fui a ver una habitación en el centro. 800 euros al mes. Gastos incluidos. «Ambiente joven y dinámico», decía el anuncio. Lo que me encontré fue un piso enano donde pretenden vivir cinco personas, un baño que parece el de una gasolinera en hora punta y una habitación que, siendo generosos, era un armario empotrado con una ventana que daba a un patio de luces que olía a fritanga.
Y lo peor no es el piso. Lo peor es que había cola. Éramos doce personas esperando para ver el zulo como si estuviéramos en la alfombra roja de los Oscar. En ese momento tuve una especie de epifanía de mierda: ¿En qué momento normalizamos esto? ¿Cuándo decidimos que trabajar 40 horas a la semana (o más) solo nos da derecho a alquilar cuatro paredes y una cama de 90 en un piso compartido con desconocidos que te roban la leche de la nevera?
Tengo 32 años. Tengo una carrera, un máster y un trabajo «estable». Se supone que a esta edad mis padres ya tenían una casa, un coche y estaban pensando en la comunión de mis hermanos. Yo estoy pensando si este mes podré comprarme unas zapatillas nuevas o si eso descuadra mi presupuesto para el derecho a techo. Nos han vendido que esta es la economía colaborativa y la flexibilidad, pero la realidad es que somos una generación de nómadas forzosos que financia las hipotecas de señores que compraron esos pisos por cuatro pesetas en los ochenta.
Me niego a aceptar que esto es lo que hay. Me niego a que mi mayor aspiración vital sea que mi compañero de piso no se deje los platos sin fregar tres días. Pero el mercado me dice que o pago los 800 pavos o me voy a vivir a dos horas de la civilización, gastándome lo que ahorro en salud mental y transporte. ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Hay alguna salida que no sea irse a vivir al monte a criar cabras? Porque cada vez me parece una opción más sensata que regalarle el 60% de mi sueldo a un rentista que no ha pintado la pared en décadas. Que puto asco amigas.
