Sábado por la mañana. Mi marido y yo decidimos ir a Ikea. Dos horas de coche entre ida y vuelta. Acabamos de comprarnos un piso y “solo vamos a ver ideas”. “Solo ver” en Ikea es como “solo una” cuando sales de copas.
Entramos motivados con la chuleta en la mano de todo lo que teníamos que ver. Primera hora: risas. Segunda hora: ya no sé dónde estoy. Tercera hora: empiezo a sospechar que estamos atrapados en un bucle espacio-temporal. ¿Habíamos visto ya ese Kallax? ¿O todos los Kallax son el mismo Kallax? Yo ya no sabía si avanzábamos o si Ikea nos estaba reciclando como muebles descatalogados.
Mi marido ve una mecedora monísima y dice: “Justo como la que buscaba mi hermana”.
Y entonces llega el mensaje que cambió nuestra relación “¿Estáis en el Ikea? Papá y mamá necesitan cortinas”.
Silencio.
Él se puso a ver las cortinas para sus padres y yo las nuestras. Dos expediciones paralelas. Sin walkie-talkie ni dignidad.
La cobertura en Ikea es digna de estudio. Mandaba una foto, se quedaba cargando, daba tres pasos buscando señal, levantaba el móvil como si estuviera invocando el wifi, otros tres pasos, volvía. “No se ha enviado”.
Yo ya me sabía las descripciones de memoria. “Store translúcido efecto lino, filtra la luz suavemente creando un ambiente acogedor”. Os juro que si me despiertan a las tres de la mañana puedo recitar el catálogo entero. Cuatro horas y media allí dentro. Y ni una sola cortina en la cesta.
Cuando ya llevaba cinco horas bajo luces fluorescentes, mi cuñada decide que es momento de hacer videollamada. Una puñetera videollamada en Ikea y sin cobertura un sábado al mediodía (que eso ya está a reventar de gente). Yo ya estaba memorizando las descripciones de los tornillos porque estaba empezando a perderlos todos. “Enséñame esa más de cerca”. “No, esa no me convence”. “¿No hay ninguna en gris tipo cálido pero no muy cálido?”. Mi vida pasaba delante de mis ojos.
Después de cinco horas decide que no le gusta ninguna, que ya se verá. Yo ya estaba mareada y deshidratada. Hicimos el resto del recorrido a paso ligero. Salimos de allí como supervivientes y nos fuimos a comer.
Cuando por fin empezaba a sentir el descanso en mi cuerpo suena el móvil.
Mensaje de mi cuñada: “Mira, al final cógele estas”.
Mi marido: “Dice mi hermana que cojamos estas cortinas… la voy a llamar a ver qué medidas”.
Cortocircuito.
Le arranqué el móvil de la mano y lo apagué. Con la serenidad de quien sabe que está a un gesto de convertirse en protagonista de un documental, pero de los de Crímenes imperfectos.
Era eso… o el divorcio.
