Ese día éramos siete humanos y trece perros

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    Parvaty on #1207651

    Pasear a tus perros puede parecer una actividad tranquila, relajante, incluso “terapéutica”. Eso es lo que te venden. Hasta que un día descubres que tu manada de cuatro patas y sus colegas caninos no son mascotas, sino material perfecto para una película de terror, y que el bosque nunca es solo un bosque.

    Yo salía con un grupo de amigos que, como yo, tenemos perros. Algunos días éramos más, otros menos, pero siempre el mismo plan: una vuelta larga por el bosque. Ejercicio, risas, perros corriendo como si no existiera el mañana, revolcándose en cosas que no quiero volver a recordar —especialmente mi impostor alemán— y nosotros, humanos, intentando seguirles el ritmo mientras fingíamos que todo estaba bajo control.
    La carlina, gorda como un tonel pero feliz como una perdiz, iba siempre a mi lado, meneando el culo con esa seguridad inconsciente que solo tienen los carlinos. Ella no conoce el miedo. Ni el peligro. Ni el concepto de “huida”.

     

    Ese día éramos siete humanos y trece perros. Yo llevaba a mi impostor alemán atado. No por responsabilidad ejemplar, sino porque ya estábamos a punto de salir del bosque y para él ese momento significa: me paso tus órdenes por los catapines que me extirparon. Así que, anticipándome a su inevitable rebelión, lo llevaba sujeto. Milagrosamente, ese día no olía a caca. La carlina, como siempre, a mis pies.

    Todo iba normal.
    Demasiado normal.

    De repente, los perros de los demás se paran en seco. Orejas tiesas. Colas rígidas. Silencio absoluto. Modo “cazador máximo”. Todos mirando al mismo punto del bosque como si alguien hubiera dicho no miréis atrás.
    La carlina seguía en su mundo paralelo, probablemente pensando en comida o en absolutamente nada.

    Justo cuando abandonábamos el camino para volver a la ciudad, el bosque decide mostrarnos por qué nunca hay que confiarse.

    De entre los matorrales emerge el jabalí. No aparece. No sale. Emerge, como si el bosque lo hubiese fabricado con mala leche. Era enorme. Desproporcionado. Antinatural. Tenía el tamaño de un coche pequeño, el cuerpo de un rinoceronte cabreado y la cara de alguien que se ha despertado con ganas de arruinarle el día a la humanidad.
    Los ojos pequeños y negros, llenos de rencor primitivo. El hocico cubierto de barro seco. Las cerdas erizadas como alambre oxidado. No hacía falta música: la amenaza estaba ahí, sólida, real.
    No era un jabalí. Era el jefe final del bosque, y nosotros éramos claramente los extras prescindibles.

    Todo ocurre muy rápido.

    Los perros salen disparados tras él. Ladridos, carreras, caos. Los dueños gritamos nombres como si eso pudiera frenar a una jauría lanzada al abismo de la estupidez colectiva. Humanos corriendo detrás de perros que habían decidido que hoy era un buen día para morir jóvenes y heroicos.

    Yo me quedo quieta. Porque mi impostor alemán está atado. Porque la carlina está a mis pies. Y porque mi cerebro entra en modo supervivencia absurda.

    El cálculo es inmediato:
    si hay que correr, la carlina no corre;
    la carlina pesa más que un saco de cemento;
    tendré que cogerla en brazos;
    yo no soy atlética;
    esto es exactamente cómo mueren los personajes secundarios.

    Visualizo la escena: yo cargando a la carlina como si fuera un jamón, intentando huir mientras un jabalí enfurecido nos arrolla y el impostor alemán me observa con decepción.

    Y entonces pasa lo inesperado.

    Me entra la risa.

    Una risa nerviosa, absurda, incontrolable. Porque todo es tan surrealista —perros persiguiendo a un jabalí monstruoso, humanos gritando, yo imaginándome levantando pesas con una carlina— que mi cerebro decide que la única respuesta posible al terror es reírse de él. La adrenalina y el absurdo se mezclan y ya nada tiene sentido, excepto sobrevivir.

    Por suerte, el jabalí hace una finta, cambia de dirección y se interna de nuevo en el bosque, probablemente convencido de que no le pagan lo suficiente por lidiar con esta panda.
    Los perros regresan uno a uno, exhaustos, orgullosos. Los humanos jadeamos, sudamos, tenemos la cara roja y el alma fuera del cuerpo. Nadie herido. Solo un jabalí seguramente traumatizado y un grupo de personas replanteándose su amor por la naturaleza.

    Mi amiga, que también había atado a su perro, empieza a reírse. Yo me uno. Primero es una risa contenida, luego una carcajada nerviosa y finalmente un descojono absoluto, de esos que te dejan agujetas en el abdomen y una sensación rara de alivio. Los demás nos miran confundidos, todavía enfadados con sus perros, que claramente solo habían seguido su instinto.

    Ese día aprendí varias cosas.
    Que pasear a tus perros puede ser una aventura épica con sustos incluidos.
    Que los jabalíes no tienen consideración por nada ni por nadie, y si son madres, mejor ni te acerques.
    Que la comedia y la tragedia pueden ocurrir al mismo tiempo.
    Y que los ataques de risa post-trauma son un deporte extremo: olvídate del gimnasio; ríete con un jabalí y trece perros desbocados y tendrás agujetas durante días.

    Volvimos a la ciudad como vuelven los supervivientes en las películas: perros cansados y felices, humanos sudorosos y todavía temblando un poco. La carlina seguía meneando el culo como si nada, orgullosa de haber sobrevivido sin enterarse de absolutamente nada.
    Yo aún notaba la risa y la adrenalina mezcladas, pensando en lo surrealista de la escena.

    Porque pasear perros no es solo ejercicio.
    Es acción.
    Es comedia.
    Es caos.
    Y cuando tienes un impostor alemán capaz de desatar el apocalipsis a la mínima, cada paseo puede convertirse en una road movie de terror adolescente… con final feliz, agujetas abdominales y una historia que contar durante semanas.

    Parvaty


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    Lulú79
    Invitado


    Lulú79 on #1210199

    Jajajaj, qué historia más buena!!

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    Sara
    Invitado


    Sara on #1210227

    El impostor alemán 😂😂😂😂😂

    Responder
    Gem
    Invitado


    Gem on #1210325

    Jajajaja me has hecho echar de menos a mi perrazo enorme, el día que vimos un gamo y me hizo hacer esquí sobre arena para que no se fuese mientras la otra simplemente esperaba sin entender nada

    Responder
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