Empiezo reconociendo que soy una romántica y que creo en el amor para toda la vida.
Hace unos años empecé a trabajar en una empresa grande que tiene bastantes oficinas por España. Trabajo en una de las oficinas de Madrid, que comparte el negocio y los jefes con una oficina de Sevilla. Trabajo en recepción con dos compañeras y tengo relación con todos los trabajadores.
En la oficina de Sevilla está uno de los jefes importantes y casi todas las semanas se pasa por la oficina de Madrid. Me habían contado que estaba casado y tenía dos hijos. Mi relación con él era cordial, sin más; no le había prestado especial atención nunca.
Mi empresa organizó un afterwork por el comienzo de curso. Había picoteo, bebida y música. Estuve hablando con mucha gente. Los jefes se iban uniendo a los grupo; parecían preocupados por socializar como parte de su trabajo.
Él llegó al grupo en el que yo estaba y cuando empezó a hablar, tengo que reconocer que me llamó la atención. Hasta ese día solo habíamos intercambiado frases cortas de trabajo. Le miré y me pareció atractivo, a pesar de sacarme quince años. Evidentemente, sabiendo que estaba casado, mis pensamientos se acababan ahí.
Estuvimos en grupo hablando un rato, y no sé muy bien qué pasó (uno se fue a por bebida, a otro le sonó el teléfono…) y acabamos los dos solos. La conversación se volvió muy interesante; teníamos mucho en común, era fácil hablar con él y me sentía tranquila a su lado. Sabía que era un jefe y que igual no era lo más normal, pero pensé que podíamos ser buenos amigos.
Hasta que me habló de su exmujer, de lo duro que es no ver a sus hijos todos los días, de los viajes Sevilla – Madrid. Le dije la verdad, que no sabía que se había divorciado, que en la oficina pensaba que no se sabía. Me contestó que llevaba ya meses viviendo en otra casa, que su gente más cercana lo sabía, pero que no le gustaba ser el cotilleo de la oficina. Seguimos hablando bastante tiempo y al final me pidió el teléfono.
Esa noche acabamos intercambiando muchos WhatsApps. Confieso que con un sutil tonteo, pero sobre todo conociéndonos. En su próxima visita a Madrid, que fue la semana siguiente, me propuso ir a cenar.
Todo resultó fácil, volvimos a hablar mucho, a conectar en muchos aspectos, a entendernos. Por supuesto, me daba todo miedo: jefazo de mi empresa, diferencia de edad, hijos y distancia. Pero me dejé llevar por el corazón y esa noche ya la pasé en su habitación de hotel.
Cuando me quise dar cuenta, teníamos una relación seria. Complicada y a distancia, pero seria. En la oficina solo personas muy cercanas lo sabían; fuera ya conocía hasta a mis padres. Sus hijos todavía no me conocían; mejor más adelante, pensamos.
Todo iba bien, pero Madrid, a veces, es una ciudad pequeña. Una noche de sábado nos encontramos con un grupo de la oficina. No nos ocultamos y les saludamos educadamente.
El lunes ya había mil rumores por la oficina: desde que yo era la amante, hasta que había dejado a su mujer y a sus hijos por mí. En todos los casos, que yo estaba con él por interés. En unos meses está previsto cambiar de oficina y, de las tres que somos en recepción, tememos que tendrán que despedir a una. Así que la gente asumió que yo estaba asegurando mi puesto.
Han pasado semanas y ahora todo el mundo sabe que estamos juntos y que ya no está con su mujer. Ni él ni yo nos hemos puesto a desmentir ni confirmar nada. En la oficina seguimos actuando como siempre.
Me da mucha rabia que piensen que estoy con él por cualquier motivo que no sea romántico. Pero bueno, entiendo que el tiempo les acabará demostrando que se equivocan.
