Reproducimos un relato que nos llega a [email protected]
No recuerdo exactamente cuando el BDSM empezó a despertar interés en mi vida, pero los prejuicios y tabús que hay alrededor de este mundo siempre han hecho que no me atreviera siquiera a recopilar información a cerca de algo que era obvio que mi mente deseaba hacer pero mi cuerpo no le dejaba.
Hace unos días tuve mi primera sesión de BDSM, y si algo puedo estar segura es que algo ha hecho click en mi cabeza.
Desde que el sábado por la noche mi dominante me dejó en casa, mi mente no ha parado de aprovechar cada momento en blanco para volver a aquel momento.
Voy a intentar escribir estás líneas siendo lo primero, lo más sincera conmigo posible y lo segundo desde la mayor distancia al momento que mis sensaciones me permitan para plasmarlo de manera objetiva y no cegada por el “colocón del momento “ que parece que aún vuelve a veces.
El encuentro: Aunque estaba ansiosa por ese momento desde el día que fijamos fecha y hora, mi sábado no empezó nada bien, incluso hubo ratos que pensé que tendría que cancelar. Menos mal qué eso no llego a pasar, no me lo hubiera perdonado. Los nervios se fueron en cuanto me monté en el coche. Yo ya había recibido la primera orden, no podía llevar bragas. Pasear a los perros sin bragas ya fue excitante. Cada vez que me cruzaba con alguien no podía evitar pensar en que no llevaba bragas, y no era el hecho de la acción en si, era el motivo e la acción. Oliver me lo había pedido.
Vuelvo al momento del coche, sabía que traía algo preparado para el camino pero el no saber que iba a ser ya me mojaba un poco. Me dio un huevo que vibraba, me ordenó que me lo metiera en el coño y me explicó el juego. Cada semáforo en rojo encendería el huevo hasta que volviéramos a arrancar. Puso una dirección en el GPS y salimos hacia el centro. Estuvimos todo el camino hablando, de todo y de nada y de todas mis dudas. Que quería yo? Que él camino tuviera el mayor número de semáforos en rojo!! El primer semáforo, olvidó apretar el mando, íbamos hablando y no lo pulsó, el segundo iba a pasar lo mismo y le recordé que estaba en rojo. Estaba deseando empezar con ese juego. Fue ideal para romper el hielo, luego descubrí que tal vez solo para eso, mientras íbamos hablando, respondiendo mis miles de preguntas y contando un poco nuestras vidas, mi cabeza quería semáforos todo el rato. Aún no se porque.
Cuando llegamos a cenar, me quité el huevo y seguimos respondiendo dudas. Mi curiosidad ahora mismo es enorme y escucharle hablar de algo tan desconocido y a la vez tan deseado, con tanta seguridad y confianza era justo lo que esperaba. En el fondo me daba un poco de miedo que solo fuera otro fantasma más que quería venderme una moto, pero también sabía que mi intuición no me había fallado la noche que nos conocimos en encuentros, ese feeling mutuo de aquel día no podía quedarse en aquella noche solo. La seriedad con la que aborda el tema y la naturalidad para responder a todas mis preguntas cada vez me hacían darme cuenta que si alguien tenía que enseñarme esto, era él.
Ya en local, continuamos hablando, fluidamente, sobre todo en mis dudas. Cada duda resuelta, cada anécdota que me contaba, cada término que le pedía que me explicase hacia que me mojará. Estaba deseando que me pidiera subir a las habitaciones y ver de verdad que era eso de la sesión de spank y el estado de trance de la sobreexcitación. Y subimos, por fin!!!
Lo primero, la vuelta de reconocimiento, ver la acción que se movía por el local. Calentar motores siendo un poco voyeur o empezando a generar también ese interés a nuestro alrededor, aunque solo mirásemos.
Él no quería subir a la habitación y solo encerrarnos, quería que nos vieran, que me vieran. Entramos al cuarto oscuro, me abrazó por detrás, solo notar su respiración en mi cuello me ponía la carne de gallina. No era lo que tenía delante lo que excitaba, era lo que sucedía a mí espalda y la espera de que sería lo siguiente. Un mordisquito, una caricia en el pecho, un pellizco sutil, un azote en el culo…cualquiera de ellos podía pasar y no saber ni que ni cuando me provocaba más aún. Recuerdo que cuando me cogió del cuello mientras mirábamos por la pared de “agujeros” deseé fuerte que me llevará ya a nuestra sala. Por supuesto, íbamos a entrar en la sala con la X en la que yo quería ya estar atada.
Sé que sentí dolor, sería imposible no sentirlo con semejantes manotazos, pero no era ese dolor que sientes cuando por ejemplo te caes de la ducha, era un dolor raro…ya me habían dado antes algunos azotes, sabia que me gustaba pero eso estaba siendo otro nivel. Como podía mi mente estar disfrutando con ese momento, por qué no quería llorar o gritar, por que estaba consintiendo eso??? Cada azote, aunque doliera, me gustaba más que el otro. Habíamos establecido una escala de dolor numérica que me cuesta mucho utilizar. El me preguntaba el número y me costó separar la intensidad de dolor con el placer provocado. Me había dolido? Si. Me había gustado? Más. Así que creo que no respondí ni la mitad de las veces que me preguntaba y que solo respondía si pensaba que ya estaba llegando a mi límite y necesitaba un respiro. Y así lo hacía él. Al contrario de lo que pueda parecer, me estaba cuidando. Se dedicó a mi, a verme gritar, a masturbarme y conseguir que chorrease encima suya. Hasta que me castigó.
Perdí la cuenta de las veces que a mí había corrido. Y aunque seguía extremadamente cachonda, paré de correrme. Seguía disfrutando pero no estaba llegando al orgasmo, no podía correrme más, necesitaba relajarme para seguir, parar un poco, volver a recuperar el pulso y rebajar un poco niveles, la verdad que no se que cojones necesitaba, porque yo ya no estaba en mi.
Pero el que yo no pudiera seguir corriéndome enfadó a Oliver, no podía tocarle y debía volver a llevar el huevo y bajar de nuevo a tomar una copa. Ponía en marcha el huevo, cambiaba las funciones, me gustaba pero no, no iba a correrme solo con eso. Yo lo sabia pero no sabía si debía decírselo. Hasta que no me dijo claramente que si no me corría él se frustraba no le dije que había que hacer algo más que solo el huevo. Cuando me corrí lo primero que hice fue tocarle, él no creyó que me hubiera corrido o pensó que no lo suficiente y siguió sin dejarme tocarle hasta que él no sintió que me quedaba lo suficiente satisfecha. No se porqué pero saber que no podía tocarle solo hacia que quisiera aunque sea rozar su rodilla.
Mas charla, mas dudas, más respuestas. Y pidió una pala… tenían una fusta.
El dolor con la fusta fue mucho más intenso, recuerdo como picaba y como volvía a no numerar el dolor. Aunque la fusta me hizo llegar a un umbral alto en poco tiempo. No sé si es porque no es mí juguete y debo probar con otro, pienso que no aguantaría una sesión entera solo de fusta.
Pero también recuerdo que me seguía gastando, no el dolor, no. No veía nada, no sabía por dónde me iba a venir nada. Pero si sabia que teníamos público. No sé que narices decían, no lo recuerdo, me da igual si lo estaban entendiendo o no pero su curiosidad y su morbo por la situación que nosotros estábamos provocando generaba de nuevo la carne de gallina.
Cómo sabía que Oliver no iba a llegar a que me pasara nada, que estaba controlando en todo momento la situación y mi bienestar, yo estaba tranquila, estaba cachonda, estaba feliz de estar en sus manos. Me daba igual el resto, bueno no, quería ponerlos cachondos realmente pero era un pensamiento en segundo plano, yo estaba en mi momento, eso debía empezar a ser aquello del trance. Volví a correrme a chorros, nunca, jamás, nadie ha conseguido eso. Y Oliver no necesita más que entrar y recorrerme un poco para que me quede vacía por dentro, aún no sé cómo lo hace pero quiero que siga haciéndolo.
Nos vestimos, bajamos, charlamos, bromeamos y me siguió cuidando, ya fuera de nuestro juego, seguía siendo exactamente la misma persona que vino a recogerme a casa.
Desde que la noche acabo, no paro de pensar en cuando será el inicio de la siguiente.