Que conste que lo hago porque quiero darle lo mejor a mi hijo y porque sé que es lo más beneficioso para él y esa parte está clara y no la discuto. Lo que no entiendo es por qué además de hacerlo tengo que disfrutarlo, o por lo menos fingir que lo disfruto, para que nadie a mi alrededor se sienta incómodo con mi honestidad.
Porque en cuanto dices que no te gusta dar el pecho pasa una cosa muy concreta que es que todo el mundo asume que hay un problema que resolver. Que si estás cansada, que si es cuestión de postura, que si has probado con el extractor, que si le has dado tiempo suficiente para que se cree el vínculo. Nadie considera la posibilidad de que simplemente no me guste, que no sea mi cosa, que lo haga igual que hago otras cosas que no me gustan pero que hago porque son necesarias, y que eso no me convierta en mala madre ni en una persona que no quiere a su hijo.

El discurso de la lactancia se ha puesto tan en un pedestal que ha dejado de haber espacio para cualquier experiencia que no sea la de la madre que da el pecho con lágrimas en los ojos de lo bonito que es el momento. Y las que no vivimos eso nos quedamos en un sitio muy raro en el que o finges o te conviertes en el problema.
Mi suegra dice que ella dio el pecho a cuatro hijos y que fue lo más bonito de su vida. Mi madre dice lo mismo. Mi grupo de whatsapp de madres es un monumento diario a la lactancia materna. Y yo estoy ahí asintiendo mientras cuento los minutos que faltan para que acabe la toma.
¿Soy la única o hay más que no lo dicen?