Porque si supiésemos como pasa, nos habríamos llegado hasta aquí, podríamos intentar remediarlo por el camino. Pero no lo sabes. Un día despiertas y te parece buena idea estar en cama hasta tarde, total tienes tiempo de hacer las cosas. Abres Instagram o Facebook mil veces, cotilleas fotos e historias de gente. Otro día prefieres eso a tener que hablar con nadie, porque a pesar de que son tus amigos, sobran. Te molesta que te hablen, que te propongan cosas e incluso que intenten ayudarte. Porque estás bien, es normal, a todos nos pasa que queremos un día para nosotros solos. Pero en la cabeza conviven tres voces: la que te dice que si, que efectivamente está todo bien; la que te dice que cuentes lo que te pasa, que no pasa nada y que lo van a entender; y finalmente la voz que te dice que no lo cuentes, que son tonterías y no eres más que una persona malencarada que no merece a sus amigos por ser desagradable y encerrarse dentro de ella. Y al mismo tiempo tienes que convivir con decirte a ti misma que todo lo que pasó estos dos últimos años no puede ser una excusa, que otras personas pasaron por etapas mucho peores. Y con una voz que grita por salir, pero al mismo tiempo está cubierta por una manta de invierno pesada que te mantiene, según piensas, a salvo. Y que poco a poco se va llenando de complejos, inseguridades y miedos que hacen que la manta pese más, que esté mojada y que poco a poco te vaya hundiendo en esa cama que acoges como tu hogar día a día porque todo lo que hay fuera se acomoda menos a ti, o menos tú a esa realidad.
Hay vuelta atrás?
Viendo 2 entradas - de la 1 a la 2 (de un total de 2)