Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Hola a todos.
Escribo por aquí porque necesito desahogarme. Normalmente no hablo con nadie, pero siento que ya no puedo más.
Vivo con mi pareja desde hace unos 9 años y con mis hijos: uno de 18 y otro de 14, que antes no vivía conmigo pero ahora sí. Mi pareja no es el padre de mis hijos, aunque siempre supo que los tenía. Lo que no esperaba es que también acabaría viviendo con nosotros el pequeño, ya que los servicios sociales le quitaron la custodia a su padre.
En casa el ambiente es un caos. No se hablan entre ellos. Mis hijos no cumplen con sus tareas, pero mi pareja tampoco. Llego a casa después de una jornada completa de trabajo y todavía tengo que sacar ropa de la lavadora, recoger la del tendedero, separar la ropa de los tres, sacar a la ninfa de su jaula (ni siquiera es mi mascota, pero creo que es el único que se alegra al verme), hacer la cena… y todo lo que venga después.
Muchas veces he pensado en irme con mis hijos, pero no tengo cómo. En el país donde vivo las ayudas sociales son muy difíciles de conseguir, y por eso sigo aquí, sobreviviendo como puedo. Mis hijos tampoco son unos santos, lo reconozco. Tal vez sea culpa mía por haberlos malcriado. Pero tampoco les pido tanto: hacer sus camas, recoger sus habitaciones, poner o quitar la mesa, sacar la basura… tareas básicas, de niños, pero aún así es una lucha constante para que las hagan.
Cobro el salario mínimo, pero como mantengo a mis hijos, mis gastos son por tres. Mi pareja dice que no tiene por qué pagar nada por ellos, así que no me llega para todo.
Otra cosa que me parte el alma es haber tenido que separarme de mi perrita. Me vi obligada a cambiar de piso y ahora pago el triple de lo que pagaba antes. El nuevo casero no me permite tener animales, así que la dejé con mi madre en otro país. Me duele mucho, la echo de menos cada día.
Mi pareja tiene 32 años, pero parece que vive en otra época. Está acostumbrado a que la mujer haga todo. No limpia, no plancha, apenas cocina, no pone una lavadora (ni siquiera sabe cómo se hace), no te prepara un café y aún te lo pide si tú lo haces. Como su trabajo es pesado, según él tiene derecho a descansar en el sofá mientras yo, después de trabajar, tengo que seguir tirando del carro.
Siento que ya no puedo más. He empezado a beber, no sé ni cómo. Bueno, en realidad sí lo sé.
No es la primera vez. La primera fue cuando me diagnosticaron un linfoma raro en los ovarios (por suerte, ahora estoy bien). Pero en ese momento llegaba a casa y parecía que a nadie le importaba. A nadie.
Ahora bebo porque es más fácil soportar el día si voy un poco anestesiada. Porque llegar a casa es duro. Nadie ve mi desgaste, aunque se me nota en la cara a kilómetros.
No tengo ganas de ducharme, de arreglarme, de salir, de sonreír… de nada.
La única persona con la que a veces puedo hablar es mi madre, pero se pone a llorar cada vez que le cuento algo serio, así que me callo. Y ese silencio me está pasando factura.
