Digamos que yo tenía un crush cuando tenía 15 años (y 16 y 17 y 18…), vamos, que el crush me duró hasta que entré en la universidad y empecé a vivir una nueva realidad. De todas formas yo a este chico me lo encontraba por la calle o de fiesta y a mí la pepitilla me seguía recordando que donde hubo fuego quedaban cenizas. Él, un tío 4 años mayor que yo, rubio como Nick Carter, el mejor de su clase en BUP y COU (el Bachillerato de hoy en día), simpático, con la mejor sonrisa que he visto en mi vida. Ese era mi crush.
Digamos que ahora mismo yo tengo 34 años, lo que quiere decir que él se acerca peligrosamente a los 40, y yo, una mujer independiente, con trabajo, con mi propio piso… Me mantengo bien y de vez en cuando me doy un homenaje con mis amigas saliendo de fiesta y tomándonos unas copas. Pues veréis Lovers, este pasado fin de semana fue el cumpleaños de una de mis mejores colegas y como tenía que ser, salimos. Resultó que en uno de los locales del centro había una fiesta tipo remember de los 90 y nos pareció un planazo ideal para la noche.
¿Sabéis quién estaba allí, verdad? Eso es, no tengo ni que mencionarlo. El caso es que mis amigas y yo en seguida nos pispamos de su presencia y todas empezaron a vacilarme terriblemente con la idea de que una fiesta de los 90 y la casualidad de encontrarnos los dos allí no podía ser cosa del destino. Yo me hice la remolona un par de veces ¡pero qué narices! Aunque con un poco menos de pelo allí estaba él, tan guapo como siempre, con un corte de pelo algo más actualizado y con un porte de madurito interesante que me estaba gustando bastante.
Empezamos a discutir entre nosotras que si se había casado, que si eso era mentira, que si el hermano de una sabía que estaba soltero, que si era mejor preguntárselo… Se pusieron en plan pesado y al final me puse en modo madre y les pedí tranquilidad mientras iba directa hacia él para sonsacarle información. A ver, habíamos estudiado en el mismo instituto aunque evidentemente yo seguramente para él había pasado completamente desapercibida… ¡¿o no?!
Porque resulta que me acerco y según me pongo a su lado él me mira y me enseña esa hilera perfecta de dientes para después pegarse un poco más a mí y darme las buenas noches llamándome por mi nombre. Como comprenderéis mi pepitilla en ese momento aplaudía que era gloria pura. La conversación fue fácil ‘¿pero sabes quién soy?’, ‘claro, la niña de los ojos bonitos de 1º’, ‘¿y a qué te dedicas ahora?’, ‘soy odontólogo, ¿y tú?’…

Como que pasó canción tras canción y allí estuvimos los dos tonteando desde el minuto cero. De vez en cuando mis colegas se acercaban como queriendo enterarse de cómo iba el asunto pero era evidente por mi sonrisa de flirteo que aquello estaba más que en el bote. Nos tomamos un par de copas juntos y al rato me decidí por ir al baño para así decirles a mis amigas que no me lo podía creer pero que mi crush de infancia me estaba dando bola. La espina gigante que me iba a quitar iba a ser buena porque, encima, me estaba gustando mucho más que cuando era adolescente.
Volví del baño y para mi sorpresa él tenía su chaqueta colgando del brazo, entonces se acercó y al oído me dijo que no podía dejar pasar la oportunidad de invitarme a otra copa en su casa. LET’S GO MOTHER FUCKERS!!!!!!!
Y allí que me fui con él, dando un paseo maravilloso en el que de pronto fui otra vez la niña de 15 años que se moría de amor por aquel chico rubio guapísimo de la clase de su primo. Hablamos de nuestras carreras, de cómo nos había ido la cosa en lo sentimental… Y cuando entramos en el portal de su casa, en cuanto entramos en el ascensor, se lanzó a mis labios como un salvaje, como si ya no pudiera aguantar más para hacerlo, con un ansia que me puso como loca.
Paró cuando entramos en su casa para ofrecerme una copa de vino y después poner un poco de música. Yo estaba acalorada no, lo siguiente. Nunca en la vida me había apetecido tanto un plan para acabar la noche. El piso estaba increíblemente limpio y ordenado, en el salón había algunos recuerdos de su paso por el instituto (trofeos de cuando jugaba al basket) y pude ver alguna fotografía suya que yo también tenía porque le había robado a mi primo (era una enferma, lo reconozco).
Sin darnos tiempo a terminarnos la copa de vino volvimos a ponernos al tema. Una maldita maravilla llena de pasión, de ganas, duro y a la vez lleno de respeto y de ternura. En toda mi vida había tenido un sexo como aquel. De vez en cuando él me hablaba y me decía que no se podía creer lo que estábamos haciendo. Yo pensaba en aquella niña y en el regalo que le estaba haciendo, y disfrutaba de verlo ahí, pasándolo de aquella manera conmigo, solos los dos.
Perdí la cuenta de todo lo que hicimos aquella noche, y para cuando ya no podíamos más me tumbé junto a él esperando que dijera algo. Entonces lo escuché mientras me confesaba que en el instituto siempre se había fijado en mí pero que le daba una vergüenza horrible pensar en que le pudiera gustar una niña tan pequeña. Me dijo que incluso cuando estaba en la universidad me había visto de fiesta alguna vez y había pensado en venir a hablarme pero que al final siempre se echaba para atrás pensando en que yo lo rechazaría. ¿Sería posible que nunca hubiese notado lo loca que estaba yo por él? Pues había que estar ciego…
Me pidió que me quedara, que descansara a su lado, y así lo hice. Me prestó una camiseta y un pantalón de deporte y así dormí, para a la mañana siguiente despertarme mientras sus labios me volvían a acariciar todo el cuerpo. No me lo podía creer chicas, fue lo más inesperado que me ha pasado en la vida y también lo más lujurioso y y sexualmente loco que he hecho en mi vida.
La cuestión es que hemos vuelto a quedar para tomarnos unas cervezas este fin de semana y mis amigas no se pueden creer que la vida pueda dar estas vueltas tan increíbles. ¡Vaya con el crush!