Hace casi 6 años que puse fin a aquella relación. Una relación que desde bien iniciada quería romper, pero no me atrevía o creía que la necesitaba.
Lo conocí en la facultad, íbamos a la misma clase. Y si bien desde el primer día vi cosas que no me parecían normales, lo supo «compensar» con labia e insistencia. El día que acepté salir con él supe que debería de sentirme feliz, pero algo dentro de mí me decía que había hecho mal. Así a todo, repito, su insistencia me hizo creer que sería bueno para mí.
A los dos meses yo ya me planteaba dejarlo, pero sucedió algo que le vino muy bien y me hizo creer que me había defendido y que había sido un héroe. Algo totalmente fuera de la realidad, pero mi autoestima ya empezaba a estar minada. Así que consideré que debía de seguir con él.
Dejé de quedar con mis amigas, él estaba las 24 horas pegado a mí. Se pasaba la vida en mi casa y me hacía sentir culpable si quería tiempo para mis cosas, ya que él no era de la ciudad y no tenía amigos. La relación con mi familia (que tampoco estaba en su mejor momento) fue a peor, porque me hacía creer cosas que no eran. Cuánto me arrepiento de haber dado de lado a amigas y familia en aquella época…

Un buen día reapareció en mi vida un antiguo amor de adolescencia. Empezamos a hablar, el chico me gustaba y supe que era el momento de dejar mi relación. Pero otra vez su INSISTENCIA, sumada a mi ya nula autoestima. Él sabía que ya no quería seguir a su lado y el otro chico me gustaba demasiado. Al final caí, le puse los cuernos. Él se enteró porque resulta que leía mis mensajes y revisaba mi móvil y ordenador a escondidas. Y yo le pedí perdón, me sentí mal por lo que había hecho y le supliqué que no me dejara. Tras humillarme incluso públicamente, me perdonó. Y yo creía que necesitaba estar con él.
Al poco tiempo las cosas que no eran normales volvieron a suceder: bebía a todas horas, se ponía incluso violento con las cosas de alrededor… Y seguía espiando mi intimidad. Tuve que poner contraseñas en todo, pero ya no porque yo ocultarse algo, si no porque era lo único mío que me quedaba. Mi último resquicio de intimidad.
Si iba a la ducha y tardaba un poco, abría la ventana del balcón y miraba qué hacía y por qué tardaba. No podía hacer nada si él no estaba también, y siempre estaba las 24 horas.
Se alquiló un piso y me convenció para irme con él. Aquí la relación con mi familia se deterioró del todo y yo también. Ya no era una persona, era un trapo roto. Vinieron las discusiones a todas horas, el echarme de casa de madrugada y con lo puesto, el no pisar las clases porque ya no podía con mi vida.
Yo no quería seguir con él y él lo sabía, pero su «labia e insistecia» y el «haré una locura» conseguían tenerme a su lado. Mi autoestima ya no existía. Y apareció de nuevo él, mi amor de adolescencia. Volví a quedar con él repetidas veces a lo largo de mi «relación» y nunca más me sentí culpable por ello.
Los últimos meses fueron un horror. Yo ya no quería acostarme con él, me daba asco, pero me hacía sentirme obligada. Me hizo hacer cosas que no quería y que luego me hacían sentir mal y sucia. Vivía borracho y me confesó que sufría de alucinaciones desde hacía muchos años. Me dijo que había hecho cosas malas y daño a otros por culpa de eso y, tras mucho insistir, fue al médico. Resultado: esquizofrenia. Pero en vez de ir a mejor, fue a peor, ya que mezclaba la medicación con el alcohol. Empecé a vivir con mucho miedo, no dormía, vivía angustiada y con ansiedad. Y un día toqué fondo, supe que o acababa con mi vida o cambiaba de vida. Con un mínimo valor que no sé aún de dónde saqué, lo dejé. Por y para siempre. Me dió igual que amenazara con hacer tonterías, me dió igual todo, absolutamente todo. Tuve la gran suerte de que mi familia y mis amigas me apoyaron a pesar de todo. Empecé a ser un poquito más feliz cada día.
Y entonces llegó esa llamada: su madre quería saber qué había pasado, porque él estaba en coma etílico. Se lo expliqué, le dije que yo no podía más y que él mezclaba medicación y alcohol. Me entendió.
Estuve mucho sin saber de él, conocí a un buen chico y tomé las riendas de mi vida. Aunque suene bonito y fácil no lo fue para nada. Pero un buen día él volvió a escribirme, lo hizo un par de veces desde entonces. Le dije que me dejase en paz y que no lo iba a perdonar nunca.
Aún tengo secuelas, me costó mucho volver a confiar en alguien. Por temporadas tengo pesadillas y, en el fondo, me da algo de miedo que vuelva a aparecer. Siento que me ha robado tres años de mi vida y un pedazo de ella, ya que creo que nunca lo olvidaré en el mal sentido de la palabra. A veces aún me siento sucia. Y me da mucha rabia pensar que seguramente vive sin remordimientos por lo que me hizo pasar. Hay días que me gustaría gritar a los cuatro vientos todo lo que me hizo y que el mundo se enterase. En el fondo, creo que necesito un mínimo de venganza.
Necesitaba contarlo de alguna manera, porque en realidad nadie sabe todo lo que me hizo. Gracias por leerme.