Podría ser una bella historia de amor. Esas de comedia romántica, si. Pero decidí publicar mi experiencia en autoestima y permitirme este spoiler: es la vida misma y créeme, no tiene nada que envidiarle a un final feliz de cine porque a pesar de no tenerlo fue esclarecedor y vibrante.
Mi querido lector, te pondré en escena; si miro para atrás, siempre veré a aquella niña súper gorda, simpática hasta con las rocas del camino y sufriendo una discriminación brutal en cada año de mi existencia, vamos, la típica «con lo guapa que eres de cara…. si bajaras de peso». Una historia que muchísimas ya conocemos, que no voy a contar en detalle porque gran parte de este foro lo vivimos y tampoco viene a la historia pero si, es necesario que entiendas quién escribe ahora mismo.
Asi crecí, la vida me dio golpes y caricias, supe ser un mortal más entre el montón.
Hace unos pocos años llegué a la cima de mi peso, casi ni caminar podía. El cinturón del auto, es que no me abrochaba y no me pregunten cómo pero tomé las riendas de mi cuerpo y ese año bajé muchisimos kilos. Así, sin aviso, con dieta y ejercicio constante; ese descenso me dejó aún muy por arriba de lo que sería un «normopeso», vamos, que en definitiva, aún estaba gorda pero no mórbida y me sentía bien, pero no del todo (tonta de mi).
Ese año, en la reunión de padres estaba él.
ÉL, en mayúsculas, el padre nuevo, de brazos prominentes y tatuados, pelo corto, rubio, ojos celestes. Me aturdí al mirarlo y no es broma, es que aparte, jamás me atrajeron los rubios y ese perfil de hombre, qué decirles, jamás estuvo a mi alcance. O eso creía. O eso creo, ya me entenderán, sigue leyendo por favor.
Con el tiempo empecé a cruzarlo en la puerta del colegio, ambos esperábamos a nuestros peques.
Un día me saludó y yo asombradísima, realmente pensé que ni sabía de mi existencia. Y para no hacer larga la historia contaré que en la siguiente vez me animé a preguntarle su nombre: lo llamaré Julián.
Julián, era 6 años menor que yo, había sido papá muy joven y al igual que mi realidad, estaba separado. Tenía la mirada más intensa que haya visto en mis casi 40 tacos en ese entonces. Tan intenso era mirarlo que hasta creía reconocerlo de alguna vida. Sus ojos celestes penetrantes, se cruzaban con los míos y había chispas, había fuego, el mundo empezaba y terminaba en esa mirada. Pero me negué a creer que ambos sentíamos lo mismo. Le dije a mis amigas que, él, que ya hasta me había preguntado a qué hora iba para acompañarme un rato en la puerta del cole, estaba en lo que yo llamo, ligas mayores. Que jamás se fijaría en alguien como yo, vamos.
Sin embargo, de esas miradas fulminantes pasó a poner su mano en mi rodilla al sentarnos en el portal de una casa, a tocarme el hombro, su mano en mi espalda. Y era TAN intenso el deseo, que nos parábamos en la puerta tocándonos brazo con brazo. No podíamos dejar de sentir el cuerpo del otro cerca. Mis amigas dirían luego que era pasión, atracción plena. Pero…. yo seguía sintiéndome en otra liga. El patito feo en cuestión.

El tiempo pasó y nos alcanzó la pandemia. El confinamiento, el miedo y la incertidumbre fueron tan bestiales para mi, que aumenté de peso en gran escala en el tiempo que duró. Esto dejó mi autoestima en estado terminal, pero la vida sigue y tocaba volver al cole, tocaba la presencialidad, lo que suponía volver a verlo.
Y claro, ahí estaba él. Flaco…. extremadamente flaco. Ya no tenía los brazos prominentes, el pelo largo, cabizbajo. Yo… avergonzada con mi cuerpo,. Él bello, siempre bello independientemente de su contextura física y yo, con muchos kilos de más lo que me ponía otra vez, en una persona obesa.
No me animé a acercarme, él tampoco. Pensé, «claro, por como estoy yo, normal»
Pero un día la puerta del cole nos puso cara a cara y me animé a mirar de lleno esos ojos celestes profundos y preguntarle cómo estaba. Para mi sorpresa, esos ojos se apagaron un poco, los bajó y me contó que estaba muy flaco, que perdió musculatura, que si recordaba sus brazos, que se sentía fatal, que estuvo peor e intentaba aumentar de peso.
Me quedé de piedra. El Adonis, se sentía mal con su imagen, yo flipaba. Bajé mis ojos castaños también, le dije que yo había engordado mucho…. Me tocó la espalda y «ánimo» fue todo lo que dijo. Yo no me atreví a tocarlo, a los dos nos dolía lo mismo y lo opuesto: éramos las dos caras de la misma moneda.
Ya nada fue lo mismo, podríamos haber avanzado y que explote la pasión que supimos palpitar pero ninguno nos sentimos al alcance del otro, ¿no es irónico?.
Aún nos seguimos mirando a la distancia, aún la puerta del cole nos sigue juntando eventualmente, esos ojos celestes se siguen clavando fuerte en los míos entre un mar de ojos pero ya ninguno se acerca. Ganaron las inseguridades, si… Y me dejó un par de enseñanzas que te cuento a continuación:
* Deja de sentir que alguien no está en «tu liga» o que eres poco o que no gustas, hay tantas bellezas como ojos que miran.
* Todos sufrimos de alguna manera, no sólo los que tenemos peso de más. Somos mucho más que un número en la báscula y no todos nos ven tan mal como nos vemos nosotros mismos y te lo digo yo, que él para mí es todo belleza (aunque él no lo vea) y que te aseguro que supe sentirme desnuda y deseada como nunca con sólo una mirada devastadora tan clara como el mar.
Anónima.