Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Tuve un novio maravilloso durante más de 3 años. Éramos uña y carne y todo fue perfecto hasta que su madre se empezó a meter en la relación.
Obviamente, conocíamos a nuestras respectivas familias y ambos éramos parte de ellas. De verdad que, hasta que se desató la hecatombe yo tenía claro que era el hombre de mi vida.
El primer problema llegó con la boda. Nos íbamos a casar y había tres alternativas: hacerlo en la ciudad en la que vivíamos, en su pueblo o en el mío. La opción más justa nos pareció en la ciudad: era más fácil para nosotros organizar todo y era un lugar neutral. Pero a su madre no le gustó. Cuando se lo comentamos a la familia nos dijo que a ella le habría encantado que fuera en la iglesia en la que se bautizó su único vástago.
Entonces surgieron dos problemas de uno: ¿en su pueblo? ¿en la iglesia? Pues no, querida suegra, ni lo uno ni lo otro. Cuando nos volvimos de pasar el fin de semana en el pueblo de mi novio (que estaba a 300 kilómetros de donde vivíamos) mi novio intentó convencerme de que podíamos hacerlo en su pueblo y que qué más nos daba en la iglesia, que así le dábamos gusto a todos nuestros padres que sí que eran religiosos. Al principio me negué, pero acabé cediendo porque el pueblo es precioso, nos salía más barato y el cura nos dejaba elegir fecha.
La siguiente batalla llegó con mi traje de novia. ¡MI traje de novia! Resulta que yo quería ir a elegirlo con mi madre y mi mejor amiga. Entonces, mi novio me dijo que a su madre le encantaría ir también, que ella no tenía hijas y que yo era como una para ella. Y accedí porque tenía razón, pero sabiendo que mi suegra se mete en todo y todo lo sabe.
Empecé a probarme vestido y todo eran “peros”. Cuando nos gustaba uno decía que era chabacano, ordinario, soez y todos los adjetivos negativos que os podáis imaginar para hacerme quedar como una choni de barrio. Ese día no elegí traje y llegué súper cabreada a casa con ella porque, como vivía a 300 kilómetros, nos hizo el favor de quedarse en casa con nosotros. Esa noche, en susurros, le dije a mi novio que no me iba a llevar más a su madre a elegir el vestido. Discutimos porque él argüía que estaba claro el buen gusto que tenía su madre y que, claro, como yo era más joven no lo sabía apreciar. Me enfadé con él y le dije que me parecía perfecto que su madre fuese clásica, pero que la que se casaba era yo y yo elegía el vestido.
Al día siguiente le dije a mi suegra que ya no iba a volver a buscar vestido hasta pasados unos días, que se podía volver a casa y así no la hacíamos perder el tiempo. Me dijo que cuándo pensaba ir a ver más vestidos porque ya estábamos cerca de la fecha de la boda. “De momento, no. Estos días voy a replantearme qué estilo quiero”. Y me dijo que tenía que avisarla con tiempo para organizarse y venir a las otras pruebas. “Prefiero que no vengas a las pruebas. Tenemos gustos distintos y me resulta difícil poder elegir un vestido así”. ¡No veáis el drama! Se puso a llorar y a decir que siempre intentaba hacerla de menos delante de su hijo, que ella me trataba como a su hija y yo era una desagradecida. Un dramón.
Dijo que se iba y cogió sus cosas. Mi novio se fue detrás. Cuando volvió me dijo que estaba cansado de que tratara a su madre así. “¿Así cómo?”. “Pues como una mierda que no pinta nada. La boda es de los dos y yo quiero que mi madre forme parte de ella”. “¡Y vaya si lo forma! Nos casamos en tu pueblo, en la iglesia del que es cura su amigo y en la finca de una familia de sus amigos. No quiero que elija también mi vestido”.
Pero le dio igual: entró en bucle diciendo que él siempre trataba bien a mi familia y yo mal a la suya. Que no era recíproco. Le expliqué que la boda era nuestra y que, al final, era su madre la que estaba moviendo los hilos. “O tu madre o yo, pero no pienso dejarla que empiece organizando mi boda y luego mi vida”. Y ni se lo pensó: “Mi madre”. Lo mejor de todo es que me dijo que me tenía que ir yo de casa porque el alquiler estaba a su nombre.
Sin novio, sin vestido y sin suegra me tuve que ir y cargar con el sambenito de que eligió a su madre antes que a mí por una boda, por una mierda de boda.
