Mi madre lleva ingresada diez días por algo que parecía menor y se ha ido complicando. Mi padre entró hace cinco por otra cosa completamente distinta, en otro servicio y cuando la enfermera me dijo el número de habitación y vi que era la misma planta pensé que me estaba gastando una broma.
Mis padres se separaron cuando yo tenía cuatro años y desde entonces no han vuelto a estar en la misma habitación que yo recuerde. Las comuniones, las bodas, los cumpleaños, todo lleva tres décadas organizado para que no coincidan. Dos turnos, dos mesas, dos momentos distintos. Toda la logística familiar de treinta años construida alrededor de dos personas que no pueden estar en el mismo sitio.
Y ahora están en el mismo pasillo.
Con mi padre tampoco tenemos una relación normal. Nos vemos poco, hablamos menos, hay una historia larga detrás que no voy a resumir aquí. Pero de repente tengo que ir al hospital a ver a mi madre y cruzarme con él en el pasillo o en la sala de espera y ninguno de los dos sabemos qué hacer con eso. La primera vez que coincidimos nos miramos un segundo y los dos miramos para otro lado. Como si no nos conociéramos.
Mi madre no sabe que él está aquí, no se lo hemos dicho porque no sabemos cómo decírselo y porque bastante tiene con lo suyo. Pero el hospital es pequeño y las plantas comparten algunas zonas y es cuestión de tiempo que alguien se encuentre con alguien en algún sitio.
Mis hermanos y yo llevamos una semana haciendo malabares para que eso no pase. Coordinando visitas, mirando quién está en qué planta antes de subir, avisándonos por el grupo. Es agotador y absurdo y encima tenemos que hacerlo mientras los dos están enfermos y nosotros intentamos estar para los dos sin que ninguno sepa que estamos para el otro.
No sé cómo acaba esto. No sé si acaba bien. Lo que sé es que treinta años de silencio pesan mucho más cuando están en el mismo edificio.
