Una de mis amigas lleva los últimos cuatro años siendo mamá gatuna. De repente entró un gatito en su vida, lo encontró en el pueblo, malito y abandonado, lo rescató, le dio comida, seguridad y mimos y el gato creció y se convirtió en un ser precioso, mimado y muy feliz. El rey de la casa. Se convirtió de pronto en el eje central de la vida de mi amiga, de todas sus conversaciones y pensamientos, no hacía nada sin tener en cuenta al animalito.
A mí esto siempre me pareció precioso, cómo había rescatado al michi de la calle y lo había convertido en un miembro más de la familia. Me pareció algo muy generoso y bonito, que hablaba muy bien de mi amiga.
Se convirtió en la persona más animalista que os podéis imaginar: bienestar animal esto, bienestar animal lo otro, los animales tienen derechos, me voy a hacer vegetariana, los animales tienen sentimientos, voy a votar a Pacma,…hasta empezó a pensar en montar un refugio para animales. En mi caso no puedo decir que los derechos de los animales sean mi mayor preocupación, pero sí que estoy sensibilizada con el tema, me interesa y me encantaba que una de mis mejores amigas estuviera tan metida en ello y me enseñara tanto sobre el asunto.
Yo no tengo animales, pero sí que tengo hijos, así que muchas veces discutíamos porque ella me decía que su gato era como un hijo y que lo quería igual que yo a mis niños, quería que tuviera los mismos derechos y consideraba que los humanos no tenemos que estar por encima de los animales. Yo no estaba de acuerdo, así que debatíamos mucho sobre el tema. A ella le encantaba criticar a todas esas familias que después de tener hijos dejan a sus animales de compañía en un segundo plano, perros, gatos, pajaritos…no podía comprender cómo hacían esa barbaridad y les dedicaba toda clase de insultos.
En esto que se quedó embarazada. Su pareja y ella llevaban tiempo intentándolo (a pesar de lo mal que le cae la raza humana a la que considera culpable de todos los males) por lo que se puso muy feliz. Todos los días íbamos a dar paseos, ya sabéis lo bueno que es caminar para sobrellevar los embarazos, y todos los días me soltaba turras animalistas sobre lo maravillosos que eran los animales, lo buenos y nobles, y sobre lo terribles que éramos los seres humanos, especialmente los niños y las familias con niños. Creo que no ha habido un día desde que se quedó embarazada en el que no me diera un discurso sobre la superioridad moral de las personas que tienen animales por encima de aquellas que tienen hijos. Yo miraba su barriga y me callaba.
Pasaron los meses, su tripa creció y el bebé nació. Y, de repente…¡el gato desapareció! Y no desapareció físicamente, porque el pobre animalito seguía estando en casa, llorando por las esquinas suplicando una croqueta o una caricia. Desapareció del mapa mental de mi amiga, para la que de pronto parecía no existir. Lo relegaron no a un segundo, sino a un último lugar en sus vidas, os diría que por debajo del cartero de correos que les trae los pedidos.
Y lo cierto es que yo puedo entender perfectamente que estén desbordados, porque sé lo que es tener un bebé demandante entre manos y sé lo que es ocupar todo tu cerebro en él, pero me fastidia enormemente la superioridad moral con la que me ha tratado todos estos años y la suficiencia con la que hablaba de ellos para terminar haciendo lo contrario de lo que defendía y mucho peor. Yo entiendo que el gato pase a un segundo plano, pero no entiendo que haya dejado de existir para ellos, soy yo la que le cambia el agua cuando va a verlos y la que está pendiente de que no se muera de hambre y falta de amor.
Algún día se lo he dejado caer a mi amiga, pero no se da por aludida. Estoy esperando a que pase un tiempo para hablar con ella de frente y decirle que o cambia de actitud o es la persona más hipócrita que he conocido. Y realmente espero que cambie, por el bien del gato y porque veo que me toca llevármelo a mi casa si pretendo que sobreviva. Me gustaría saber qué pensáis desde fuera, gracias.
