Te quiero y no te he dejado de querer en ningún momento. No me voy por falta de amor, me voy por supervivencia.
Nuestra relación nunca fue normal, ni nosotros lo somos. En muy poco tiempo hemos vivido cosas muy intensas que nos han hecho cambiar mucho, a ti y a mí. Aunque tú te has llevado la peor parte. Te has transformado. Desde que te dieron el diagnóstico, parece que te has dejado llevar a un lugar muy oscuro al que yo no te puedo seguir.
He intentado alumbrarte, ayudarte a salir, pero todo a sido en vano. Cada día me decía que ibas a mejorar, que el esfuerzo valdría la pena, que no importaba todas aquellas cosas que dijeras porque sé que me quieres y no eres tú quien las dices. Pero esos ojos de los que estoy enamorada son los mismos que me rompen en añicos cuando me miras fuera de ti y dice cosas… que bueno, no son fáciles de digerir. Somos un equipo, pero hace tiempo que no juegas conmigo si no contra mí.
Te he pedido mil veces que vayas a terapia para mejorar, porque las pastillas no son suficientes, pero insistes en atacarme con lo que sabes que más me duele cada vez que te hablo de ello. Sé que cada persona necesita su tiempo, pero mi capacidad de asumir golpes diarios es limitada. Y ese límite ha sido transgredido.
Después de una semana en la que si me hablabas era solo para imponerme hacer tareas de la casa, para decirme que te engañaba con otro o para decirme que yo te había destruido la vida. Estuve a punto de irme, me habías roto golpe tras golpe. Me pediste que me quedara con la promesa de que ibas a intentarlo y que poco a poco volvería a ser como antes. Y lo fue… durante tres días. Al cuarto, volviste con toda tu rabia y frustración contra mí.
Insisto, sé que tu amor es verdadero y que no lo puedes controlar. Por eso me he tenido que ir, porque no depende de ti, si no de lo que hay dentro de ti. Porque puedes ser una persona dulce que me abraza por las noches protegiéndome como solo tú sabes, pero al minuto siguiente eres quién me dice que quiere verme sufrir porque me lo merezco.
Y no entiendo mucho de penitencias, pero una parte de ellas es el perdón. Y tú no puedes perdonarme por el daño que te he infligido. Que fue mucho, lo sé, pero no me puedes cargar con todos tus daños. Fue la gota que colmó el vaso, pero no puedo asumir el precio del vaso al completo. Y yo no quise hacerte daño a ti, quería hacer lo que era mejor para mí.
Sigues pensando que hay otro, pero no es así. Sigues pensando que te he abandonado, pero pienso más en ti ahora que antes porque no te puedo abrazar. Te quiero y sigo pensando que serás mi último primer beso. Pero me he roto. No puedo ayudarte cuando yo estoy rota. No puedo ayudarte si tú has decidido que tener un diagnóstico es una carta blanca para poder decir y hacer lo que quieras.
Eras mi refugio, mi lugar seguro. Y añoro tus abrazos y tus besos como nunca he echado de menos nada antes. Pero no puedo seguir. Y cuando ya no había vuelta atrás, cuando supiste que mi decisión estaba tomada, decidiste atacarme y amenazarme- En lugar de susurrar palabras de amor has decidido una vez más sacar esa ira contra mí.
Te quiero, y sé que de alguna manera castigarme es una terapia para ti. Por eso sigo aquí, de manera diferente, pero sigo. Alejada para amortiguar un poco los golpes emocionales. Preocupada, queriéndote pero protegiéndome a mí. No puedo hacer más.
Solo me queda despedirme con las frases que te llevo diciendo los últimos meses a cada minuto: lo siento. Te quiero. Sigo aquí.