Cuando estás en la UCI por un coma diabético, no hay gran cosa que hacer. En los primeros días no puedes tener el móvil, no te ponen radio ni tele, tus brazos están demasiado débiles para sostener un libro o escribir y, si ya se te ha pasado el globo de las drogas que te meten, no te queda más remedio que tirar de tu rico mundo interior e imaginar cosas mirando las luces del techo. Vamos, que es un sitio así como aburridillo, pero a ver, uno no va a la UCI a montarse una rave salvaje.
El caso es que allí estaba yo, tratando de averiguar si la tercera bombilla del pasillo seguía una pauta para los parpadeos (sí, como el coche de Cars “¿ves…? Al tercer parpadeo, es más lento…”, y aproximadamente con la misma velocidad mental), cuando mis párpados empezaron a hacerse de plomo, así que recosté la cama y me dormí.
Y estaba soñando cuando empecé a un oír un pitido. Bip. Bip. Biip. Biiiiiiiip. BIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIP… Y yo, dormida y pensando “¿por qué no paran ese microondas de una vez, que no me deja dormir a gusto?”, cuando oigo que alguien me llama desesperadamente por mi nombre, con una urgencia tremenda y me agitan.
Abro los ojos, sobresaltada, pero el SUSTO me lo doy cuando me encuentro frente a mí a dos enfermeras con un carro de paradas. El pitido que yo oía era mi pulsómetro, ese cacharrito que se lleva en un dedo y que mide los latidos del corazón. Al reclinar la cama, se conoce que perdió contacto y enseguida avisó de que yo no tenía latido. Un segundo más y me fríen como un chuletón abulense, vamos.
“Cuando duermas, es mejor que no te recuestes tanto, para evitar que el pulsómetro pierda contacto”, me dijeron. Así que ya sabéis: si paráis por la UCI, cuidad ese cacharrete como a la niña de vuestros ojos. Pero podéis estar seguros de que si pasa “algo”, vaya si van a reaccionar corriendito y con eficacia. Gracias, Sanidad Pública.
Delice.
