Vivo en un bloque de pisos. Nueve plantas. Yo vivo en el bajo. Con acceso al patio de luces, que lo uso de mini terraza para tomar cafelito, poner un par de plantitas y secar la ropa al aire. Soy una privilegiada, lo sé.
Bueno, pues no sé si es que mis vecinos son unos envidiosos o unos guarros. Hasta hace poco no había tenido problemas, pero desde que se mudaron al segundo los nuevos inquilinos, cada dos por tres me encuentro algo en el patio de luces. A ver, no tengo pruebas de que sean ellos, pero vamos, que si hasta ahora no había pasado casi nunca nada, por qué desde que viven ellos aquí, con mucha regularidad encuentro alguna guarrada en el patio.
Me he encontrado colillas de tabaco. Agua sucia de regar las plantas cayendo por la terraza y manchándome las sábanas. La piel de una mandarina.
Al principio, intenté ser sutil. Pequeños recordatorios en el grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos, sin dirigirme específicamente a nadie, de normas de comportamiento para la buena convivencia vecinal. Como seguía encontrando cosas varias en el patio, pasé a poner cartelitos en el vestíbulo, pidiendo que la gente, en general, fuese más respetuosa y se hiciese responsable de sus cosas. Tampoco noté cambios. Así que, en la reunión de vecinos anual, cuando con todo el morro, se quejaron, precisamente ellos, de que los cartelitos que aparecían eran de muy mal gusto, entré a saco. Y con el calentón les acusé directamente. Sin pruebas. Pero que era evidente que, si hasta que ellos no habían llegado a la comunidad, no había tenido problemas y desde que ellos estaban, sí que los tenía, que para mí dos más dos eran cuatro.
Pusieron el grito en el cielo. Dijeron que les acusaba sin pruebas y que eso era que les tenía manía persecutoria porque yo era una amargada. Y se largaron súper ofendidos. Yo quería matar. Pero conseguí calmarme. No obstante, las cosas siguieronn cayendo los días posteriores. Tenía la impresión que incluso caían más que antes. Hasta un condón usado llegué a encontrar.
Decidí callar. No dar señales de vida. Ni quejas. Ni cartelitos. Nada. Perfil bajo. Esperando dos cosas y no importaba la que llegase primero. Uno, que se cansasen. Dos, que se les cayese algo que quisieran recuperar.
Adivinad la que ha sido la opción ganadora. Exacto. La vecina estaba tendiendo y se le han caído unas bragas, encima de mi tendedero. Un día que yo estaba fuera de casa. Cuando llegué por la noche, encontré en mi puerta un cartelito en el que me decía que se le había caído una cosa y que cuando volviese hiciera el favor de devolvérsela.
¿Sabéis qué? No son unas bragas normaluchas, no. Eso es lencería fina, de la buena. Habrán costado una pasta. Igual es un regalo especial, de aniversario o vete a saber qué. Pero ahora tenía algo que sí querían recuperar.
Lo que se me ocurrió fue escribir un mensaje en el grupo de la comunidad de que hiciesen el favor de no dejar cartelitos antiestéticos, como hicieron ellos.
Al día siguiente me escribió un privado la vecina diciéndome que se le había caído algo a mi patio y que le dijese cuándo podía pasar a recogerlo. Yo esperé unas cuantas horas, sin ocultar que había leído el mensaje, y después contesté que debía equivocarse ya que mi patio está siempre muy limpio porque nunca caen cosas. Que si había perdido algo, igual se lo había llevado el viento. Y entonces me alegró el día. Me escribió que era una rencorosa de mierda y una hija de puta. Captura de pantalla y guardadito. Gracias, vecina.
Han dejado de caer cosas a mi patio. He devuelto las bragas. Las pegué en su puerta una noche, con premeditación y alevosía. Ahora tengo algo más valioso. Y ellos lo saben.
