Pero si yo apenas tengo los 30 recién cumpliditos, ¿cómo es posible que alguien me diga eso así, sin anestesia, mientras busco aguacates en el supermercado? Que a ver, que sé que me he descuidado este último par de años… pero tanto como para que me llamen SEÑORA… ¡si hasta hace nada llevaba las Kelly Kelly y sudadera de unicornio como si fuese una niña!
Me quedé bloqueada, el carrito en medio del pasillo, tratando de recordar en qué momento de mi vida alguien decidió que ahora debo pagar impuestos extra por usar crema antiarrugas. Y lo peor es que sí, lo sé, tengo un par de canas rebeldes y un par de bolsas
bajo los ojos, pero… ¡SEÑORA! Eso suena a que debo empezar a preocuparme por jubilaciones y tés digestivos.
Y lo divertido (si es que puede serlo) es que eso sí, a mi novio le parece divertidísimo, oye, y ahora en casa me llama señora también. Cada vez que entra al salón me suelta un “Señora, ¿has guardado la ropa?” y yo me quedo ahí, con cara de mezcla de indignación y risa, pensando si debo lanzarle un cojín o un diccionario de sinónimos de insultos cariñosos.
En fin, parece que se ha abierto una veda que pensé que llegaría al menos en 10 años más. Empiezo a mirar a otras mujeres en la calle y de repente me siento parte de un club secreto que no pedí unirme: Señoras Modernas, versión treintañera confundida. Ellas caminan con pasos firmes y yo… bueno, yo corro detrás de mis cosas, mi agenda olvidada (porque una sigue siendo analógica) y las llaves que siempre desaparecen en el bolso.
Lo más absurdo es que trato de resistirme. Me miro en el espejo y me digo: “no eres señora, eres joven con experiencia”, pero la voz interior se ríe y me responde: “claro, señora, y yo Superman”. Todo me recuerda que la palabra “señora” tiene poderes mágicos, pero de Avada Kedavra. De repente hasta los repartidores de pizza me tratan de usted, en las tiendas me dicen “disculpe, ¿le ayudo en algo?”. La caja de Pandora se ha abierto, no cabe duda.
Y sí, yo intento mantener la dignidad, pero cada movimiento que hago parece coreografiado por alguien que quiere recordarme que estoy oficialmente en la categoría adulta. Mis pantalones manchados de café, las bolsas bajo los ojos, mi pelo en un moño porque cuanto más arriba el moño más abierto el… nada importa. Señora. Punto.
Mientras tanto, mis amigos me miran raro, pensando que exagero, y yo solo quiero gritar: “¡que solo tengo treintaaaaaaaaaaaaaa!” y que alguien me entienda. Y mi novio, claro, se ríe cada vez que me quejo y añade: “Señora, tranquila, tú puedes con todo”. Que oye, lo digo en serio, me mata de risa, pero también me rompe un poquito el alma.
Y así es ahora mi vida, aprendiendo a convivir con la etiqueta más extraña que me han puesto jamás, pero siendo consciente de que ya es permanente. Solo sobrevivo con la esperanza de que algún día alguien me vuelva a llamar por mi nombre y no por “Señora”.
Porque sí, soy señora, pero todavía iniciando la treintena.
